La más desarmada ternura, así como
el más sangriento de los poderes,
necesitan la confesión.
Michel Foucault
Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
Desde hace unas semanas, la polémica sigue creciendo por aquello de la llamada Ley de Censura, que escudan en un derecho de las audiencias. Y claro que lo tienen; el tema es cómo desde el poder quieren dictar qué se debe ver y qué no. Eso incluye una regulación de las redes sociales, esas que llamaban “benditas” hasta que dejaron de serles útiles o la crítica se les revirtió y ahora quieren controlar el ciberespacio.
En este espacio le he comentado cómo, desde que López Obrador llegó al poder, se hizo de un nuevo equipo de comunicación y, con aquello de su gran rencor y poca tolerancia hacia los medios y periodistas, le construyeron los suyos. Así se fueron metiendo uno a uno en la mañanera, para amplificar y hasta salvar lo que decía el presidente. Así lo vimos en muchas ocasiones.
En aquella estrategia también se incluía una sección en su programa matutino que se llamó “¿Quién es quién en las mentiras?”. Un espacio para desmentir a los medios, pero nunca a los suyos. También aquellos medios como Canal Once, el 14 y el 22 se convirtieron en canales propagandistas, en donde se da información, pero en las opiniones ni una crítica. Terminaron por despedir a quien les hiciera sombra, como el analista Sergio Aguayo, quien todavía pide explicación de su salida.
El tema de las redes sociales se ha convertido en una arena política donde ya no basta con tener una opinión: hay que hacerla parecer mayoría. Y ahí aparecen los famosos bots, esas cuentas automatizadas o coordinadas que pueden multiplicar mensajes, tendencias, ataques y elogios hasta fabricar la sensación de que millones piensan lo mismo.
El problema es que cuando se habla de su utilización desde el poder, la respuesta casi siempre es la misma: aquí no pasa nada, no existen y todo es producto de la espontaneidad de los usuarios. Pero cuando se habla de los críticos se aplica otra medida, por lo menos así lo ha hecho Luisa María Alcalde, que hasta lista presentó. Y luego, cuando le preguntaron si ellos, los morenos, los usan, se molestó y dijo que lo negaba categóricamente.
Pero, como dice el clásico: “Tonto es el que cree que el pueblo es tonto”. Solo basta darse una vuelta por X para ver las campañas de nado sincronizado, cuentas que hacen virales mensajes en minutos y otras tantas de los jilguerillos del régimen que no le cambian ni una coma. Otros, por lo menos, se avientan a medio darle la vuelta. Realmente es imposible creer que no le entren al posicionamiento artificial.
Resulta curioso que, cada vez que una crítica incomoda al gobierno, aparezcan de inmediato cientos o miles de cuentas para defenderlo, atacar al crítico, descalificar al medio o repetir exactamente el mismo argumento, para hacer mayor volumen y con ello bajarle al ruido que les pueda generar un mensaje. Ahí están esas hordas, tóxicas y violentas, que no se mandan solas. Y cuando miles repiten lo mismo al mismo tiempo, la espontaneidad empieza a parecer estrategia.
No se puede creer, ni de un lado ni del otro, que todo sea orgánico. Demostrarlo debería ser sencillo. Y si no lo es, entonces hay algo que explicar, pero eso no les interesa. Aquellas interrogantes que lanzó Luisa María Alcalde son pertinentes: ¿Quién les paga? ¿Qué intención tienen? ¿Quiénes son? El problema es que, cuando se formulan hacia la 4T, parece que dejan de ser preguntas y se convierten en una molestia. Y si no usan bots, demostrarlo debería ser lo más sencillo… pero mejor ahí la dejamos.
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