Es hipócrita hablar de acabar con la injusticia.

Lo único que podemos hacer es hablar de equidad:

dar las posibilidades para que los hombres

hagan las cosas si es que pueden hacer las cosas.

Ikram Antaki

Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez

Desde hace años que el presidente López Obrador repite que es de los pocos políticos que ha recorrido los 2 mil 471 municipios que conforman el país, a realizar esos recorridos se dedicó desde que dejó la Jefatura de gobierno del DF en el 2006, luego lo reforzó por un lapso de seis años antes del 2012 y lo repitió entre ese año y la elección federal del 2018 cuando por fin se convirtió en presidente. Así que López conoce bien la problemática de inseguridad de cada una de las entidades del país y no se puede decir sorprendido del baño de sangre que se desató desde la llegada de Felipe Calderón y su guerra narca.

A cuatro años de su triunfo en las urnas con más de 30 millones de votos y una legitimidad como la que no se tenía desde hace años el presidente atraviesa por la peor crisis de su administración, los resultados no lo acompañan y sigue culpando al pasado por los problemas que tenía que haber resuelto o por lo menos sembrar la semilla para pacificar al país, esa fue la otra bandera de campaña del Pejelagarto, a estas alturas y con la sucesión presidencial anticipada que desató el mismo, ya no se va a lograr la santa paz que necesitamos en el país.

El problema se le está agudizando y cada día que pasa hay evidencia contundente que su política de brazos caídos para enfrentar a los cárteles de la droga no está funcionando, es una burla eso de los “abrazos y no balazos”, no hay pruebas de que los programas sociales como “Jóvenes Construyendo el Futuro” con sus 5 mil 258 pesos, sea la respuesta para arrancar a las juventudes del crimen o de las adicciones. No hay claridad de las cien universidades que prometió López Obrador, no se sabe dónde están, qué se estudia, cuánto cuesta mantenerlas. Nadie puede regatear la idea de que se debe atacar la raíz del problema, pero tampoco se puede poner en duda el FRACASO de la 4T en materia de seguridad, ahí están los 124 mil 725 muertos.

De nada sirve que el presidente López se despierte a las cinco de la mañana y una hora después se dedique a escuchar un parte de guerra que le reporta un número de balaceras, tantos colgados, que nos recete que ya se terminaron las masacres si no se hace nada, de hecho, son más de 30 actos de este tipo registrados en lo que va del sexenio. Pero lo peor es aplicar la máxima de Carlos Salinas de Gortari, “ni los veo, ni los oigo”, cuando se le cuestiona al tabasqueño sobre los índices de violencia, enfurece, se le traba la quijada, se agarra del pódium y repite, “nosotros no somos iguales”, “ya no hay masacres”, “estamos trabajando”, “antes no atendían las causas”, “no se apoyaba a los jóvenes, lo mejor que hicieron fue calificarlos de ninis”, “soy el más atacado desde Madero”, “es una campaña para desprestigiarnos”, “que se investigue a fondo” y una larga lista de frases hechas y de dientes para afuera, pero la crueldad de los números no lo van a perdonar y este sexenio ya es el más violento, ese es argumento válido y suficiente para buscarle su nicho en la historia nacional.

Al presidente López ya no le alcanza dentro de su capital político la confrontación como lo hizo recientemente con los jesuitas que pidieron justicia por sus dos hermanos cobardemente asesinados, ahí está el llamado de mismo Papa Francisco, las advertencias de la infiltración del narcotráfico y hasta los trascendidos que ha lanzado la periodista Anabel Hernández sobre un posible pacto entre el gobierno de López y el crimen organizado.

Hoy tiene la obligación de replantear la estrategia de seguridad, hay voces críticas dentro de Morena, como la de Porfirio Muñoz Ledo, que lo piden, los especialistas e intelectuales que en algún momento apoyaron al caudillo, la sociedad civil, los defensores de los Derechos Humanos. ¿Cuántos muertos más se necesitan para ablandar el corazón del presidente “más humanista”?

Si López ha sometido a consulta las obras del sexenio como la no construcción del AIFA, la revocación de mandato, el llevar a juicio a expresidentes, sería justo, correcto y ético dentro de sus parámetros, consultar si se cambia de estrategia contra la inseguridad. ¿Cuál sería el argumento para decir no presidente?… Pero mejor ahí la dejamos.

Entre Palabras

Reaparece César Yáñez, aquel personaje que López Obrador mantuvo en la banca por su excéntrica boda en Puebla. Va de subsecretario, Yáñez conoce los secretos de las tres campañas presidenciales de López, le aguantó todo y va la Segob para encausar la candidatura del otro tabasqueño, en la oficina de Claudia Sheinbaum debe haber preocupación.

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Hasta la próxima.