Ocho días en China (II)

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Gustavo Cortés Campa

Cercano a Kaifeng está el parque Longting, donde se aprecia el Pabellón del Dragón y Parque Milenio. Hay un gran muro en sobrerrelieve donde se narra la victoria del primer emperador de la Dinastía Sung, quien habría confeccionado el traje real y, una vez terminado, decidió vestirlo él mismo y así tomar el poder.

El parque data de dos mil 700 años y fue reconstruido en 2012, en un extenso terreno con un hermoso lago, arboledas y puentes.

Al día siguiente, salida en autobús a la ciudad de Zhengzhou. Ya instalados en el lujoso hotel de cinco estrellas Dahe Jinjiang Hotel, con vista a un embarcadero que da al río Amarillo, se entiende que muy pocos empleados hablen algo de inglés: A la hora del desayuno, en el amplísimo y muy variado buffet de guisos chinos y occidentales, es imprescindible llegar muy temprano para ganar mesa. Los turistas chinos llegan en tropel y en medio minuto casi acaparan todo lugar disponible. China no requiere turismo extranjero, con una pujante clase media de alto nivel de consumo que se multiplica año con año, tiene suficiente.

Viaje hacia el Templo Shaolin, donde los monjes practican las artes marciales conocidas como Kung Fu. Está en la cumbre de una montaña y nos recibe una nevada inclemente.

Fuera del templo hay un estacionamiento muy amplio donde se acomodan los autobuses de los turistas. Es complicado iniciar el recorrido montaña arriba, para recorrer el templo, distribuido en diferentes edificios.

Temblando de frío, vemos que finalmente se entabla contacto con un monje, Jing-Yen-Yo, quien será el guía, aunque entre el tumulto de turistas es difícil seguirlo de cerca y menos escuchar su relato.  

Una calzada montaña arriba nos lleva de pabellón en pabellón. A los lados hay una fila de añosos árboles cuyos troncos tienen unos agujeros que y se supone a priori una enfermedad de la corteza, pero se nos explica algo realmente asombroso: esos hoyos, que pueden ser profundos, son generados por la práctica del Kung Fu de los monjes. El golpeteo con los dedos índice y anular llega a perforar el tronco de los árboles, de madera verdaderamente dura.

Ante el asombro del resto de turistas, el Abad del Templo, el gran maestro Shi Yongxin, nos abre las puertas de su pabellón, tomando en cuenta nuestra condición de visitantes distinguidos.

Nos ofrece te calientito, que nos cae de maravilla, dada la temperatura de tres grados bajo cero y una amena charla. Nos regala un libro de su autoría: “El templo Shaolin en mi corazón”.

Al día siguiente, retorno a Pekín en el tren de alta velocidad y visita a la Ciudad Prohibida, donde vivían y –se supone- gobernaban los emperadores, la corte imperial, los jefes militares y sirvientes, prohibida al resto del pueblo chino.

Es una ciudadela con altas y gruesas murallas, explanadas extensas, ya muy conocida en el mundo por la película de Bertolucci, “El último emperador”, filmada ahí mismo. Después de la comida y cuando abordábamos el autobús para la visita, nuestra guía, Su Hang (Sara) me advirtió: “No lleva ropa adecuada para Ciudad Prohibida”. Le comenté que quizá con mi grueso abrigo y ropa térmica era suficiente, pero tenía razón: El atardecer ventoso, los canales que circundan la ciudadela o por lo que sea, generan un gélido microclima que nos estuvo azotando –al menos a mí- en todo el recorrido y a la salida, donde hay que caminar largo trecho para esperar el autobús, atorado en el denso tráfico pekinés.

Último día en China; visita con todo y maletas a la Gran Muralla. Gran escalinata en tramos cada vez más empinados, nieve convertida en hielo, en parte amontonada por trabadores para liberar una brecha transitable, pero en realidad resultaba peligroso: una delgada película de hielo transparente amenazaba con un resbalón de serias consecuencias.

Al llegar al segundo torreón, deserté de la intención de llegar a la cumbre y volví sobre mis pasos cuesta abajo, no sin riesgo de acelerar el descenso con la colaboración nunca solicitada al hielo transparente. Me quedé con las ganas de observar sobre el lomo de la cordillera, la majestuosidad de la Gran Muralla, construida a largo de siglos para impedir la invasión de los mongoles.

Pero pude llegar a un torreón semicircular con una batería de artillería, posiblemente del siglo XV. Con la ayuda de un joven chino, me tomé una foto al lado del cañón bautizado como “The Mighty General”.

Pero pese a todo, esa impresionante construcción no sirvió de mucho: Kublai Khan, el hijo de Gengis Khan, derribó la parte de la muralla de la ciudad de Xiangyang, en 1273. Un ejército de 200 mil mongoles navegó por el río Han hasta el Yangtse y eso fue el fin de la dinastía Song., según las crónicas, en 1275. Pero Kublai Khan rápido fue seducido por el refinamiento de la gran cultura china, y en vías de hecho, se convirtió en chino, se aficionó al baño, a la exquisita comida y los modales del país dominado.

Y sus rudos –y orgullosamente malolientes- guerreros, comenzaron a murmurar, irritados, por “el afeminamiento” de su gran jefe.

Finalmente, salimos rumbo al aeropuerto. En el trayecto, recuerdo la frase leída -creo que de adolescente- atribuida a Napoleón, quizá apócrifa: “Cuando China despierte, temblará el mundo”.

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