René Acuña 

En San Agustín Metzquititlán(municipio de la sierra baja hidalguense) la política dejó de ser un trámite burocrático para convertirse en campo de batalla. En la sierra baja hidalguense no se habla de acuerdos ni de proyectos; se habla de nóminas infladas, puertas cerradas y cuentas que no cuadran. El olor ya no es a café de oficina: es a pólvora.

La detonación vino desde adentro. El regidor Rafael Benítez Rojas lanzó una acusación que sacudió los cimientos del ayuntamiento: la existencia de trabajadores “fantasma” que cobran puntualmente sin presentarse a laborar. Nombres en lista, dinero en transferencia, pero ausencia en los pasillos. Una estructura que, de confirmarse, no sería descuido administrativo sino un mecanismo de simulación con cargo al erario.

El señalamiento apunta directo al despacho principal. El alcalde Germán Hernández Pérez es acusado no solo de tolerar una nómina sospechosa, sino de mantener bajo llave la información financiera y de evadir explicaciones ante la asamblea. Opacidad, cerrazón y silencio institucional: una combinación que en cualquier municipio es delicada, pero en uno pequeño es dinamita pura.

Porque Metzquititlán no es una metrópoli donde el presupuesto se diluye en cifras gigantes. Aquí cada peso tiene destino visible. Si alguien cobra sin trabajar, alguien deja de recibir un servicio. Esa es la ecuación que indigna y que políticamente erosiona.

En los pasillos del ayuntamiento ya no se susurra: se habla de posibles acciones legales. Y cuando un conflicto interno cruza la línea de lo político hacia lo judicial, el costo ya no es discursivo, es penal y público. La pregunta no es solo si existen los “fantasmas”, sino quién los contrató, quién autorizó los pagos y quién firmó la nómina. En un pueblo donde casi todos se conocen, la invisibilidad resulta poco creíble.

El pasado del alcalde tampoco pasa inadvertido. Germán Hernández tiene recorrido. Fue dirigente estudiantil en la Preparatoria Uno de Pachuca, cercano al grupo que durante años dominó la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo bajo el liderazgo de Gerardo Sosa Castelán. Después militó en el PRI y, al no concretar sus aspiraciones, cambió de camiseta y se sumó al movimiento guinda que lo llevó a la alcaldía.

No fue una campaña arrolladora por méritos propios; fue la ola. El color pesó más que el perfil. Y esa misma ola hoy puede convertirse en resaca si las acusaciones prosperan. Porque la marca partidista abre puertas, pero no firma cheques ni justifica balances.

La narrativa oficial apuesta al desgaste del escándalo. Pero cuando el tema es dinero público, el tiempo no siempre juega a favor. Cada día sin aclaraciones fortalece la sospecha. Cada silencio alimenta la versión más incómoda.

Metzquititlán está ante una prueba de fuego: transparencia total o desgaste irreversible. Si las cuentas están limpias, que hablen los documentos. Si no lo están, el costo político será apenas el inicio.

En política, los fantasmas no asustan por lo que son, sino por lo que esconden. Y en la sierra baja, alguien tendrá que encender la luz.

Veremos que dicen al respecto las dirigencias de Morena, porque al menos, en palacio de gobierno, a este alcalde ya no lo ven con buenos ojos. Al tiempo.