René Acuña
En política las lealtades suelen durar lo que dura la conveniencia. En San Agustín Tlaxiaca, el alcalde Mario David Medina Hernández intenta sostener un discurso de fidelidad partidista mientras el desgaste de su administración crece y las sombras de la inconformidad ciudadana se extienden por el municipio.
El propio edil confirmó que desde Morena han existido acercamientos para invitarlo a sumarse a sus filas. No fue una invitación formal, pero tampoco un rumor menor. En un escenario político donde el oportunismo suele marcar el ritmo, la simple existencia de ese guiño abre preguntas inevitables sobre el futuro político del alcalde y la solidez de su permanencia en Movimiento Ciudadano.
Medina Hernández insiste en que se mantiene firme en el partido naranja. Incluso recientemente acompañó al dirigente nacional Jorge Álvarez Máynez, a quien describió como un perfil con presencia nacional. Sin embargo, más allá de las fotografías y los discursos de lealtad, la realidad municipal parece contar una historia distinta: la de un gobierno local atrapado entre polémicas, reclamos sociales y decisiones cuestionables.
El propio alcalde ha señalado que tres años de administración municipal resultan insuficientes para lograr resultados. El argumento podría ser válido si los primeros años mostraran avances claros, pero en Tlaxiaca la percepción ciudadana se ha inclinado más hacia la frustración que hacia el respaldo.
La administración municipal ha enfrentado recientemente uno de sus episodios más incómodos. Dos funcionarios del DIF local fueron separados de sus cargos luego de que circulara en redes sociales un video en el que presuntamente sustraen un teléfono celular dentro de un negocio de bebidas alcohólicas y billar. El material provocó indignación entre habitantes del municipio y obligó al ayuntamiento a reaccionar con rapidez para contener el escándalo.
Aunque el gobierno municipal emitió un comunicado condenando el hecho y anunciando la separación inmediata de los involucrados, el daño político ya estaba hecho. Para muchos ciudadanos, el incidente no fue solo un caso aislado, sino una muestra más de la fragilidad institucional que perciben en el ayuntamiento.
A ello se suma el malestar de comerciantes semifijos que hace algunos meses denunciaron agresiones por parte de policías municipales mientras vendían alimentos en las inmediaciones de la escuela de Medicina de la UAEH, en la comunidad de San Miguel Tornacuxtla. Los afectados reprocharon públicamente el cambio de actitud del alcalde, recordando un trato muy distinto durante la etapa de campaña.
Mientras tanto, los vecinos continúan señalando carencias en servicios básicos, particularmente en materia de seguridad. En ese contexto, la imagen del alcalde participando con entusiasmo en actividades deportivas o respaldando a su equipo de fútbol local ha sido vista por algunos sectores como una distracción frente a los problemas cotidianos del municipio.
Tampoco han faltado críticas sobre la relación del gobierno municipal con ciertos medios de comunicación locales, a los que se acusa de difundir de manera complaciente los eventos oficiales y presentar como grandes logros acciones que para muchos ciudadanos resultan limitadas o insuficientes.
En política, el respaldo ciudadano suele ser el capital más difícil de recuperar una vez que se pierde. Y en Tlaxiaca, donde el descontento comienza a expresarse con mayor claridad, el panorama para una eventual reelección no luce sencillo.
Si algo parece quedar claro es que el joven alcalde enfrenta un escenario complejo: cuestionamientos internos, presión social creciente y un entorno político en el que las tentaciones partidistas conviven con el desgaste de gobernar. En ese tablero, las decisiones que tome en los próximos meses podrían definir no solo su futuro político, sino también el rumbo de un municipio que hoy observa con escepticismo a su gobierno.











