Por Rubén D. Arvizu

Mientras el mundo debate los peligros y consecuencias de la inteligencia artificial, Mark Zuckerberg —el hombre que controla las redes sociales de más de 3,500 millones de personas— acaba de revelar que está construyendo un agente de IA personal para ayudarlo a ser un mejor director ejecutivo de Meta. Así de sencillo.

La noticia, publicada como exclusiva del Wall Street Journal, podría parecer una simple anécdota de Silicon Valley, pero no lo es. Es la síntesis perfecta de hacia dónde va una parte de la inteligencia artificial: al servicio exclusivo del poder, la codicia y el ansia del control absoluto,

Zuckerberg ha declarado que 2026 será el año en que la IA “cambiará dramáticamente” la forma en que trabaja Meta, eliminando equipos enteros y permitiendo que una sola persona haga lo que antes requerían cientos o miles de técnicos y profesionistas. En pocas palabras: el menor número de empleados, más ganancias, y más control en menos manos.

Meta planea gastar entre 115 y 135 mil millones de dólares en infraestructura de IA durante 2026 — casi el doble de lo que invirtió el año anterior. Para ponerlo en proporción, esa cifra supera el Producto Interno Bruto de la mayoría de los países de América Latina.

Zuckerberg habla de construir una “superinteligencia personal” que conozca el contexto único de cada usuario — su historia, sus intereses, su contenido y sus relaciones. En otras palabras: una IA que lo sabe todo sobre ti, construida por el mismo hombre que ya sabe todo sobre ti gracias a Facebook, Instagram y WhatsApp.

No es tecnología al servicio de la humanidad. Es humanidad al servicio de la tecnología de uno solo.

Y aquí está el contraste que debería hacernos reflexionar: mientras Zuckerberg construye su servidor personal, los desarrolladores del videojuego Crimson Desert acaban de disculparse públicamente por haber usado arte generado por IA, comprometiéndose a eliminarlo todo mediante una auditoría exhaustiva. Qué enorme diferencia: unos escuchan a la comunidad creativa y reconocen el daño. El otro la ignora por completo.

La inteligencia artificial no es buena ni mala por sí sola. Es una herramienta — como el fuego, la energía nuclear, el teléfono. Lo que determina su valor moral son las manos que la sostienen y los propósitos que la guían.

Cuando la IA se utiliza para ayudar a cuantificar los posibles daños que vaya a sufrir el Golfo de México con el nuevo embate de la petrolera British Petroleum, o las consecuencias cada vez más alarmantes del cambio climático, es un instrumento al servicio de la vida. Cuando se pone al servicio de la codicia de quien ya tiene demasiado, para reemplazar trabajadores por algoritmos y conocer los secretos de 3,500 millones de personas con fines comerciales, es dominación disfrazada de progreso.

La Nuclear Age Peace Foundation ha señalado durante décadas que las amenazas a la supervivencia humana no provienen únicamente de las armas nucleares. La concentración desmedida del poder tecnológico en pocas manos es igualmente peligrosa. No destruye ciudades de golpe, pero acaba, paso a paso, con el trabajo honesto y la privacidad.

El poder sin límites éticos no es progreso, es esclavitud y miseria aprovechándose de la tecnología de punta.

*Rubén D. Arvizu — Escritor y ambientalista