Por Rubén D. Arvizu*

Hace unos días, la agencia de noticias Reuters publicó una investigación demoledora: la inteligencia artificial no solo «asiste» en quirófanos, sino que, en varios casos, está tomando decisiones críticas durante cirugías, lo que ha provocado lesiones graves, daños irreversibles e incluso muertes.

Los sistemas robóticos asistidos por IA (como los de Intuitive Surgical, Medtronic y Johnson & Johnson) prometían una precisión sobrehumana. Sin embargo, lo que está sucediendo en muchos hospitales es que los errores humanos se amplifican con la ayuda de los cerebros artificiales.

Los pacientes con anatomía atípica (obesidad extrema, tumores raros, variantes vasculares, etc.) han sufrido cortes en estructuras equivocadas porque la IA ha confundido arterias con venas, nervios con tejido conectivo o tumores con órganos sanos.

En algunos procedimientos, el robot ha realizado movimientos autónomos en fases críticas sin que el cirujano haya podido intervenir a tiempo.

Hay informes de hospitales que firman acuerdos de confidencialidad con los fabricantes para ocultar estos incidentes y evitar demandas o la pérdida de contratos.

Varios médicos han denunciado que la IA «corrige» o «predice» procedimientos sin que el cirujano tenga un control real, convirtiéndolo en un mero observador de su propio error. No se trata de ciencia ficción del año 2035. Está sucediendo ahora mismo en quirófanos de Estados Unidos, Europa y Asia.

La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) y la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) clasifican estos dispositivos como de «alto riesgo», pero su aprobación se basa en estudios financiados por los propios fabricantes, sin supervisión posterior obligatoria ni auditorías independientes. Cuando alguien muere o queda mutilado, el caso suele archivarse como «complicación quirúrgica normal».

El mercado de la cirugía robótica ya supera los quince mil millones de dólares anuales (según datos de 2025) y crece un 15 % cada año. A las empresas no les interesa informar sobre las malas prácticas, sino que las ocultan para no perder valor en los mercados bursátiles ni contratos multimillonarios. Los hospitales pagan fortunas por estos sistemas y los venden como «tecnología de vanguardia» sin mencionar los enormes riesgos.

¿Y quién paga el precio? Los pacientes que depositaron su confianza en la promesa de una «precisión sobrehumana».
Las familias que pierden a un ser querido por un algoritmo que confundió un vaso sanguíneo. También los cirujanos, que ven cómo sus conocimientos y su responsabilidad se diluyen mientras la máquina «toma decisiones». Esto no es un accidente tecnológico. Es un crimen corporativo con licencia estatal.

La prisa por monetizar la IA, la falta de una regulación efectiva y la codicia de quienes controlan estos sistemas pueden convertirse en una verdadera pesadilla.
No se trata de un futuro distópico. Es un presente que debemos afrontar cuanto antes.

*Analista y escritor.
Presidente de Arvintel Media Productions. rarvizu@bellsouth.net