Por Rubén D. Arvizu

Hoy sábado 28 de febrero de 2026, las fuerzas de Estados Unidos e Israel atacaron Irán. Una escuela fue bombardeada, noticias preliminares indican que murieron más de 30 niñas y niños.

Irán respondió con misiles. Dubai ya recibió impactos directos: el hotel Burj Al Arab, símbolo de lujo y poder, ahora yace en llamas. Las bases estadounidenses en la región están bajo fuego constante.

Esto no es seguridad nacional, como dice Trump. Es una cortina de humo desesperada para tapar los archivos de Epstein que lo están asfixiando: acusaciones de abuso sexual contra menores, testimonios que lo vinculan directamente con el depredador sexual.

Netanyahu, con su historial de corrupción y obsesión por mantenerse en el poder, ve en esta guerra su supuesta salvación política. Ambos juegan con fuego nuclear para salvar sus fortunas.

En su primer término, cuando aún había adultos y funcionarios profesionales en su gobierno, Trump sugirió “bombardear nubes de tormenta con armas nucleares para disolverlas.” Lo dijo en serio, públicamente. Ahora declara que aniquilará totalmente a Irán, apoyado por Netanyahu.

El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ha sido convocado de emergencia para discutir esta escalada antes de que sea demasiado tarde.

Mientras tanto, los super-ricos —Musk, Zuckerberg, Thiel, Bezos— ya tienen su plan B: bunkers impenetrables y fortalezas en islas y sitios remotos. Instalaciones subterráneas con puertas blindadas, tanques de agua, paneles solares y capacidad para sobrevivir décadas.
¿Sobrevivir un mundo devastado por la hecatombe nuclear que ellos mismos aceleran con su poder descontrolado? El resto de la humanidad no tiene dónde refugiarse.

Una sola decisión equivocada, un mal cálculo, y en minutos se evapora el homo sapiens. No habrá segunda oportunidad. No quedará nadie para contar la historia.