Enrique Escobedo

Alcanzar la gloria es lograr un cometido en la vida. Se puede alcanzar la gloria deportiva o la académica o la de una contienda electoral o la de una confrontación bélica. Pero la gloria va más allá de la victoria, pues exige que el triunfo sea ético y dentro de las reglas de operación establecidas. Por ejemplo, en el mundo de la política el expresidente Andrés Manuel López Obrador luchó por alcanzar la presidencia de la República en 2006, 2012 y finalmente consiguió a gloria en 2018. Sin embargo su gestión, de acuerdo con los indicadores oficiales, fue mediocre en lo económico, en lo administrativo y en los campos de la salud y la educación. En otras palabras, no logró una Administración pública gloriosa.

La historia registra que cuando un general romano regresaba a la ciudad Eterna después de haber alcanzado nuevas conquistas, el emperador le organizaba un desfile en el cual el militar conducía su carroza con orgullo. Lo interesante es que en la misma carroza, detrás de ese general iba un esclavo que le repetía una y otra vez dos frases: “toda gloria es pasajera” y “recuerda que eres mortal”. Dos máximas que los mandatarios del mundo debieran tener en letras de oro en la pared de sus despachos frente a ellos.

La gloria es una figura que los griegos llamaban Niké, la victoria. Un símbolo con un valor agregado y emblemático, pues sólo se alcanzaba la gloria si iba acompañada de ética, la honra y centrada en lo justo. De ahí que lo glorioso trasciende el hecho y se le representa como una mujer alada. Léase, podría suceder que alguien alcance la gloria, pero si no lo hace con virtud, mérito y honor, entonces hablamos de una corona abollada por el propio triunfador.

Si lo vemos de manera profana, Claudia Sheinbaum, en efecto, ganó la contienda electoral, pero mediante una elección de Estado, rompió el principio de equidad, su mentor violó las leyes electorales a fin de posicionarla, ella empezó con antelación la campaña y su partido, hasta donde se sabe, recurrió a cuestionables tácticas llamadas mapachismos que le dieron cuantitativamente un gran número de votos. De ahí que su “triunfo” es espurio. Léase, ganó paro no alcanzó la gloria. Peor aún, su gestión dista cada día más de lo glorioso, ya que se le nota el desaseo en las formas políticas, es cínica al tratar de mimetizarse como el hombre de Tabasco, se entrampa en debates que no le corresponden, como es el caso con el expresidente Zedillo y sus argumentos son acusaciones de una persona despechada, pero no los de una jefa de Estado.

Perder el lustre, malgastar su tiempo y carecer de prestancia en el ámbito de la conducción de un gobierno no es glorioso. Ella sabe que su llegada a la titularidad del poder ejecutivo es producto de una imposición, por lo que debería, a mi parecer, tratar de hacer gloriosa su gestión, pero no lo intenta. Simplemente se pliega a las indicaciones de su tutor y no se ayuda a si misma, ni al desarrollo de país.

La gloria es transparente, sabia y fecunda.  Más aún, es de sabor dulce debido a que implicó la infinita aspiración y en el ejercicio de la imaginación a fin de materializar un anhelo. Ella inspira, aunque no lo parezca, el buen sentido del humor con audacia al darle sentido al esfuerzo humano. De ahí que el binomio de la gloria y lo glorioso brillan, pero no siempre van de la mano. Tal es el caso del actual gobierno. Consecuentemente, la falta de lo glorioso en la gestión Sheinbaum se han vuelto nostalgia y desilusión. Lo cual es grave, pues debilita el espíritu nacional.

La presidenta Sheinbaum tiene que darle gloria al país, pero tristemente no lo hace, pues prefiere quedar bien con su mentor que con la nación. Hoy vemos que no hay gloria en lo que dice, no hay gloria en lo que hace y, por lo mismo, todo indica que su gobierno no será glorioso.