El 8 de diciembre de 1980 cinco disparos de revólver se escucharon en la noche de Nueva York y tuvieron repercusión en todo el mundo. Su eco todavía se oye 40 años después.

John Lennon, ex Beatle, ícono del rock, activista político, esposo y padre moría tras ser impactado por cuatro de los proyectiles.

Su asesino, Mark David Chapman, era un fanático desequilibrado que había viajado desde Hawái y esperado todo el día frente a la residencia del músico para cometer el acto que lo vincularía para siempre con su ídolo.

Estos hechos son bien conocidos, tanto para aquellas generaciones que recuerdan esa lamentable noche como para los que se han informado a través de los medios. Hace unos meses, Chapman —que cumple una condena de cadena perpetua— calificó su propio acto de “despreciable” en una audiencia para evaluar su libertad condicional y explicó que lo había hecho “por gloria personal”.

Sin embargo, nada de lo que él pueda decir ni lo que otros han dicho y analizado a lo largo de los años ha podido ayudar a encontrar una razón a la tragedia ni cerrar del todo la herida colectiva que causó.

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