Francisco Rodríguez
Andrés Manuel López Obrador abrió a los altos mandos de las Fuerzas Armadas las arcas del presupuesto de egresos de la Federación, pródigas para ellos, ya exhaustas para satisfacer siquiera las necesidades más urgentes de la Nación.
Y aunque se presume que los militares son justos…
… ahora que la ocasión se les ha presentado ha resultado demasiado tentadora por lo que sus virtudes, que se suponen son robustas, han sucumbido a la tentación del dinero…
… ¡y ya violaron, entre otros, el séptimo mandamiento de la fe católica!
¡A robar se ha dicho!
Porque poco a poco se han ido conociendo los “bisnes”, las recomendaciones a empresas de sus familiares y de sus cuates para obtener contratos públicos, el tráfico de influencias a través de personajes próximos al omnímodo poder presidencial…
… y como esa corrupción de los superiores ha permeado a los mandos intermedios que, en las aduanas fronterizas exigen –con la fuerza que les dan el uniforme, las armas y los soldados bajo sus órdenes– «moches” en gran cantidad de dólares, tanto a los importadores autorizados, como a los contrabandistas (de combustibles, de armas, de personas, etc.).
Abiertas de par en par las puertas de los recursos de todos quienes pagamos impuestos se colaron por ahí también, en torrente, los huracanados vientos de la corrupción.
Y hoy, cuando apenas han pasado una docena de días desde que se diera a conocer el hackeo que sufrieran los equipos cibernéticos de la Secretaría de la Defensa Nacional por parte del grupo de activistas que actúan bajo la denominación Guacamaya, el escándalo que envuelve al Ejército Nacional ya es apabullante.
Imagínese usted todo lo que nos falta por conocer, a medida que los arqueólogos periodísticos terminen de sumergirse en los cientos de millones de documentos contenidos en los seis terabytes extraídos de las computadoras de la Sedena.
Toallas bordadas y madres ¿extremistas?
Con su mezquina política de “austeridad” –desvíos de grandes cantidades de recursos a sus obras faraónicas, en realidad– López Obrador también abrió las ventanas a los ciberataques, al recortar o de plano desaparecer los presupuestos federales a la seguridad de los equipos de cómputo de todo su dizque gobierno.
Así quedaron expuestos millones de correos electrónicos, principalmente, de la Defensa Nacional en los que se comunican frivolidades tales como los costosos regalos que el titular Luis Crescencio Sandoval entrega a quienes lo visitan –legisladores, dirigentes de partidos políticos, empresarios– o hasta a subordinados consentidos a quienes da carísimos lentes Cartier, sus cursis toallas bordadas para “él” y para “ella” que es su esposa, el castigo al oficial que le puso las dos botas para el mismo pie…
… sus enfrentamientos con el titular de la Marina Armada, José Rafael Ojeda…
… el ilegal espionaje a diplomáticos –Ken Salazar, representante de Joseph Biden, entre otros muchos–, políticos, líderes de grupos sociales, periodistas…
… hasta los contratos, las adjudicaciones directas, los muchos recursos del erario puestos a la disposición de los altos mandos castrenses…
… la exhibición pública de narcogobiernos morenistas en Veracruz, Guerrero y Morelos, así como en los opositores Jalisco y Estado de México…
… más los que se acumulen al paso de otros hallazgos…
… pero, lo peor, como ya lo hemos comentado aquí, el espionaje –que no inteligencia– donde se da cuenta de integrantes de las bandas criminales, sus movimientos, sus ubicaciones precisas, de los delitos que han cometido y hasta los que van a perpetrar, sin que nada de los impida, sin que ningún solo soldado se interponga en su camino para evitar los crímenes…














