En la Avenida Juárez, más allá de la Alameda, los organilleros, los puestos de revistas y el tropel cotidiano, se alza, solemne, una traza de uno de los capítulos más dramáticos de la historia moderna.

Antes de siquiera ingresar al recinto, los visitantes del Museo Memoria y Tolerancia (MYT) ceden ante la atracción casi magnética del trozo de hormigón de 4 metros de altura y 3 toneladas de peso. Se aproximan, lo observan, lo escudriñan, luchan contra el impulso de palpar su aspereza. Algunos simplemente no resisten y alargan el brazo.

Bastan cinco palabras detrás de la pieza para llenarlos de sorpresa, asombro y hasta cierto escepticismo: Muro de Berlín, fragmento original. El fragmento 266, para ser exactos, de los 300 remanentes de aquella mole que los ciudadanos alemanes hicieron caer un 9 de noviembre, hace 30 años.

“No olvidemos la tiranía de quienes construyeron este muro, así como el amor a la libertad de quienes lo hicieron caer”, versan dos leyendas que flanquean este recordatorio del “enorme sufrimiento humano que provocan las guerras, las divisiones y los muros”.

No permitir que aquello que propició tan trágico episodio se diluya en la memoria es la máxima que mantiene la pieza sólidamente en alto, reitera en entrevista el gerente de contenidos del museo, Carlos Cubero.

Fuente: Reforma

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