Rubén D. Arvizu

Hace unos días, el secretario de la Defensa, (o de Guerra, como prefiere que le digan) Pete Hegseth, volvió a mentir sin siquiera pestañear, sobre la masacre de septiembre en el Caribe: dos supervivientes que se aferraban a los restos de su lancha fueron ejecutados por una segunda bomba guiada desde el espacio. Sin juicio. Sin pruebas. Sin declaración de guerra. Solo la fría etiqueta de «narcotraficantes» y la orden de acabar con ellos, como si fuera un video juego.

Mientras tanto, en la Casa Blanca, el presidente balbucea, se queda dormido a la mitad de una frase, repite las mismas veinte palabras y dedica la mitad de ellas a elogiarse a sí mismo, o a que otros lo alaben como si fuera un súper héroe. . La FIFA acaba de crear el Premio de la Paz, y su recipiente es por supuesto, Donald Trump. El presidente de la FIFA, el italiano Gianni Infantino, no se midió en elogios para exaltar a Trump, diciendo: “Sr. presidente este es su premio de la paz, enmarcado en esta hermosa medalla para que usted la luzca adonde vaya”

Sus «maravillosos» aranceles están hundiendo la economía, sus redadas aterrorizan a ciudadanos inocentes, su abandono de Ucrania apesta a chantaje por parte de su «amigo» Putin, su negación del cambio climático condena a nuestros hijos y los archivos de Epstein, en los que Trump está múltiplemente mencionado, siguen revelando cada vez más el grado de involucramiento de Trump con el peor pedófilo y criminal sexual de los últimos tiempos.

Hay corrupción por todas partes, brutalidad policial en las calles e instituciones que se están desmantelando una tras otra. Esto ya no es un gobierno, es una farsa disfrazada de nación.

Y, sin embargo… A pesar de la oscuridad, aún percibo un rayo de luz que me guía. Porque este país, este hermoso experimento democrático de 250 años de antigüedad y único en el mundo, ha sobrevivido a guerras civiles, depresiones, asesinatos presidenciales y crisis que parecían irreversibles.

Y siempre ha encontrado el camino de vuelta a la estabilidad. No será fácil. Tal vez esta sea la prueba más difícil de todas. Pero sigo creyendo, porque no me queda otra opción.

Sigo creyendo que el alma de este pueblo es más fuerte que la codicia de unos pocos. Que la Constitución perdurará.

Que la decencia acabará imponiéndose al odio.

Que esta noche de Navidad, aunque solo sea por una noche. nos traiga paz, y amor.