Elena Cárdenas

“A los amigos, justicia y gracia; a los enemigos, la ley a secas”, es una frase que en labios de Andrés Manuel López Obrador pareciera tener la traducción de: para los amigos, permiso para todo, para los enemigos, la ley a secas, pero como la ley ha sido la más violada en este sexenio, no importa si el enemigo es inocente, bajo la óptica del presidente, ese será culpable hasta que él decida lo contrario.

Hace unos días comenzó a circular el libro Traición en Palacio: El negocio de la Justicia en la 4T, de Hernán Gómez Bruera. Que lo escriba un apasionado de Andrés Manuel y su “gobierno”, genera suspicacias naturales, la primera, que el propio presidente le dio la piedra a Hernán para que la lanzara y espantara a Julio Scherer Ibarra o bien, que esa piedra sea la señal para que otros echen sus barbas a remojar si pretenden traicionarlo. Por supuesto que Scherer es el menos preocupado, sabe que tiene justicia y gracia de su “hermano” Andrés Manuel.

Las hipótesis son muchas, pero la duda de todos es la misma, ¿Scherer cometió traición o un delito?, y esta pregunta genera aún más, ¿salió de Palacio para tener más libertad para seguir operando para el presidente?, ¿es tanto lo que sabe de Andrés Manuel que es mejor no incomodarlo con alguna investigación en su contra?

Luego de conocer la forma implacable con la que López Obrador persigue a sus enemigos, lo mismo para cobrar venganza por algún agravio personal – debido a su naturaleza rencorosa-, que por cortar carreras políticas, denostar el ejercicio periodístico o azuzar al pueblo bueno desde el púlpito presidencial, violando siempre el onus probandi, que obliga al que acusa a probar, la gente decente no entendería por qué Julio Scherer Ibarra salió con muchos señalamientos en su contra pero sin un solo raspón, la respuesta es clara: a los amigos, impunidad y gracia.

De acuerdo con la Fiscalía General de la República, “comandada” por el fiscal carnal, Alejandro Gertz Manero, quien movió todas sus influencias con la fiscal carnala Ernestina Godoy, para mantener en prisión a la pareja de su hermano, presuntamente por provocar su muerte al no prestarle la atención y los cuidados necesarios, a pesar de que los últimos meses de vida el hermano los pasó bajo el “cuidado” de Alejandro Gertz, Julio Scherer Ibarra incurrió en los delitos de enriquecimiento ilícito, tráfico de influencias, y lavado de activos, además de diversos hechos de corrupción que lo han llevado a amasar un patrimonio inmobiliario por más de 70 millones de pesos. Con las primeras investigaciones, que por cierto duermen el sueño de los justos, cuatro abogados cercanos a Scherer fueron imputados. El juez de la causa fue, nada más y nada menos que el sobrino de Dolores Padierna, el mismo que encerró arbitrariamente a Rosario Robles y que la mantuvo en prisión a pesar de un fallo superior.

Esa justicia y gracia ha operado lo mismo para familiares que para amigos y colaboradores cercanos: sus hermanos Pío y Martín, sus hijos José Ramón y Andrés; su prima Felipa Obrador Olán, su cuñada Concepción Falcón Montejo, sus sobrinos, colaboradores como Irma Eréndira Sandoval, Zoé Robledo, Manuel Bartlett, Yazmín Esquivel, Crescencio Sandoval.

Si todos ellos tienen fortunas inexplicables, plagios, licitaciones dudosas, ¿y qué?, esa lógica es la que permitió a Scherer impunidad total. La traición de la que habla Hernán, insisto, obradorista de corazón, ¿no tendría que ser llamada delito?, acaso no hay nada que perseguir en los señalamientos que le hicieron. ¿Qué hubiera ocurrido si en los tiempos de Salinas, Zedillo, Fox, Calderón o Peña, hubieran acusado de lo mismo a Córdova Montoya, Germán Fernández, Juan de Dios Castro, Miguel Alessio Robles Landa o Humberto Castillejos?

Tampoco es muy creíble lo de la posible traición, si consideramos que el propio presidente ha asegurado en varios foros que no hay negocio grande o pequeño que se haga sin el visto bueno del presidente: “…todos los negocios jugosos que se hacen en el país, negocios de corrupción, llevan el visto bueno del Presidente de la República. El Presidente de México tiene toda la información que se necesita, o es cómplice o se hace de la vista gorda”.

Con el hiperpresidencialismo ejercido por Andrés Manuel López Obrador, solo un ingenuo creería que él no estaba enterado de lo que hacía su sub alterno, por eso nada más errado que el título del libro: Traición en Palacio, por que lo que es claro, es que si el hecho no hubiera sido evidenciado, Julio Scherer Ibarra continuaría como consejero jurídico. ¿Cómo se traiciona a alguien a quien se le tiene al tanto de todo?, de no ser esto cierto, el presidente tendría que admitir, en ese y en otros casos, que es un cero a la izquierda, que no sabe absolutamente nada de lo que pasa con sus colaboradores y quedaría como el tonto del palacio.

A los enemigos del presidente los hemos visto en prisión, algunos han logrado salir del país y esconderse, porque a estas alturas, huir parece ser la única solución a la violación flagrante de la ley, al debido proceso y a los derechos humanos por parte del presidente y sus brazos ejecutores, Gertz y Godoy, el primero, evidenciado en varias llamadas por tráfico de influencias, pero a sus amigos, a esos que cuentan con la gracia e impunidad, lo mismo se les ve en Houston que en fiestas pagadas por empresarios, así que la duda queda en el aire, ¿Scherer Ibarra traicionó o delinquió?