La Redacción
La ciudad no duerme la noche del 5 de enero. Camina. Se arrastra. Se apura. En el Centro, en los mercados, en las jugueterías de barrio y en las plazas comerciales, los Reyes Magos avanzan con prisa y cara de cansancio. No traen corona ni camello; cargan bolsas, calculadora mental y un límite claro: no pasarse del presupuesto.
En los aparadores brillan muñecas que hablan, robots que se mueven solos y figuras de acción que prometen aventuras infinitas. Afuera, la realidad pide cuentas. “¿Cuánto cuesta?”, pregunta un padre, y al escuchar la cifra hace una pausa larga, como si revisara la carta del niño en la memoria. Luego asiente. O se va.
Las cartas de este año son claras. Los niños piden muñecas grandes con accesorios, figuras de superhéroes, carritos con pistas interminables, peluches sorpresa y robots con luces y sonidos. Lo clásico no muere, pero se moderniza. Lo tecnológico atrae, aunque no siempre alcanza.
Los precios tampoco disimulan. Una muñeca decente ronda los mil pesos. Un robot sencillo supera los mil doscientos. Las figuras de acción más buscadas se acercan peligrosamente a los ochocientos. Todo cuesta un poco más que el año pasado. Los comerciantes lo saben y lo dicen sin rodeos: “subió el transporte”, “subieron los costos”, “todo viene de fuera”.
En los pasillos de los mercados populares, la escena cambia, pero el fondo es el mismo. Aquí los Reyes buscan estirar el dinero: comparar, regatear, elegir. Un carrito por trescientos, un peluche por quinientos, una pista que aguante golpes y no se rompa a la primera caída. No se trata de cumplir todos los deseos, sino de no romper la magia.
La cuenta final suele repetirse. Entre un regalo grande y dos pequeños, el gasto por niño se va a los dos mil o dos mil quinientos pesos. Con dos hijos, el esfuerzo se duplica. Con tres, se multiplica el ingenio. Algunos pagan en efectivo, otros pasan la tarjeta con resignación y piensan en febrero.
La noche avanza y la ciudad se llena de bolsas brillantes. Hay quien sale con una bicicleta al hombro y sonrisa nerviosa: cuatro mil pesos menos, una ilusión más. Hay quien sale con un solo paquete envuelto con cuidado, convencido de que eso bastará.
Porque enero no perdona. El predial espera, el recibo del agua también y la tarjeta ya viene cargada desde diciembre. Pero esa noche nada de eso importa. Los Reyes caminan rápido, sortean charcos, suben al metro, se pierden entre la gente.
A las dos de la mañana, las calles empiezan a vaciarse. En algún departamento, en alguna casa modesta, los regalos se acomodan con sigilo junto a los zapatos. No importa si fueron caros o sencillos. A esa hora, la ciudad guarda un secreto colectivo: mañana, por unas horas, el bolsillo dolerá menos que la sonrisa de los niños.
Y en medio de la cuesta de enero, la magia —aunque apretada— vuelve a llegar.















