• La prensa, ha sido atacada y denostada por López Obrador, quien, pese a asegurar que su gobierno no restringe libertades, no censura ni persigue, ocurre todo lo contrario 

Elena Cárdenas 

Aunque la “celebración” de la libertad de expresión fue el 7 de junio, nunca es tarde para hablar de ella y de la imperiosa necesidad que tienen todos los seres humanos de ejercerla, pero principalmente la prensa, esa que en estos tiempos ha sido atacada y denostada por el aprendiz de dictador, Andrés Manuel López Obrador, quien, pese a asegurar que su gobierno no restringe libertades, no censura ni persigue, ocurre todo lo contrario. ¿Quiénes somos para quien, en enero de 2023, recibió el título de Tirano del año”? 

Al no poder explicar o articular definiciones y conceptos serios, a la altura de un mandatario, reporteros y medios de comunicación, nacionales o extranjeros, hemos sido adjetivados de todo por el presidente: “chayoteros”, “fifís”, “prensa opositora”, “defensores del hampa del poder”, “amarillistas”, “faltos de ética”, “zopilotes”, “rastreros”, “entreguistas”, “machuchones” dueños de los medios, “pregoneros”, “alarmistas”, “calumniosos”, “fantoches”, “sabelotodo”, “doble cara” y “amarranavajas”. López Obrador ha dicho de nosotros que “mostramos el cobre”, que mordemos la mano “que nos soltó el bozal”, que usamos mucho “la calumnia, que cuando no manchan tiznan”; nos ha acusado de creernos “paladines de la transparencia y la honestidad”, de ser “golpeadores”, “mercenarios alquilados”; de callarnos como momias, de ser parte de “un momento obscuro”, de “construir un cerco informativo”, de dejarnos maicear. A los medios los ha señalado de “pasquín del régimen”, de “defender intereses creados”, de “apoyar la oligarquía”, de “inventar” y “volar notas”; de no tomar partido a favor de la llamada 4T, de tener una actitud hostil porque ya no los “apapachan”,  de que “antes eran consentidos y se les colmaba de atenciones y privilegios”, y ha evidenciado la guerra directa contra algunos medios de comunicación. De la revista Proceso dijo que “se portó mal”; al periódico Reforma lo llamó “pasquín inmundo”; el artículo publicado por El País, “Un país roto”,  lo calificó de “monserga”; la portada de The Economist, “El falso mesías”, fue considerada “majadera, muy grosera y mentirosa”; también han recibido insultos Die Welt, Wall Street Journal y Le Monde; pero, sin duda, uno de los comentarios que más controversia causó entre los comunicadores fue el hecho el 15 de abril de 2019, que por supuesto sonó a amenaza: “Si ustedes [periodistas] se pasan, ¿pues ya saben, no, lo que sucede?, pero no soy yo, es la gente, no es conmigo, es con los ciudadanos”. 

Todas esas denostaciones y acusaciones sin elementos hechas por Andrés Manuel, desde su púlpito presidencial, han polarizado a la sociedad en torno al ejercicio periodístico, en redes sociales, en los hashtags “PrensaProstituta”, “PrensaChayotera”, “PrensaFifí” y “Prensa Sicaria”, se vierte un sinnúmero de insultos y hasta amenazas contra algunos comunicadores en particular, pero contra la prensa, en general.  

Ante el ataque sistemático de AMLO, diversas voces han externado su descontento y han pedido respeto y mesura, Erika Guevara Rosas, directora de las Américas de Amnistía Internacional escribió: “Tristemente, los ataques contra la prensa, contra los medios de comunicación y contra los periodistas se han convertido ya en una norma y no en la excepción en las conferencias matutinas. Leopoldo Maldonado, director regional de Artículo 19 para México y Centro América explicó que “el hecho de que un jefe de Estado genere un ambiente de animadversión contra la prensa, teniendo como telón de fondo ese nivel de violencia […], podría generar un ambiente de permisividad. Aunque muchas organizaciones han hecho un llamado para que López Obrador se abstuviera de emitir discursos estigmatizantes, tomando en cuenta el contexto adicional de violencia que las y los periodistas padecen, el presidente ataca un día y el otro también a los representantes de los medios de comunicación que no le segundan. 

Les guste o no la afiliación o estilo de hacer política de la senadora Xóchitl Gálvez Ruiz, ésta se ha convertido en el mejor referente al hacer valer el derecho de réplica por las calumnias en su contra por parte del presidente. Al ejercer sus derechos a la libertad de expresión y de réplica, Xóchitl abrió el camino para todos aquellos, incluidos periodistas, que han sido denostados, calumniados y difamados por Andrés Manuel, quien se comprometió a que, si una autoridad le pedía que permitiera a la senadora ejercer su derecho de réplica, lo haría. Pero todos conocemos el final de esa historia, porque sabemos de la costumbre del presidente de mentir y no cumplir su palabra.   

Para que un país mantenga intacta su democracia se requieren dos elementos importantes: respeto irrestricto a la legalidad y garantía total a la libertad de expresión.  Libertad que permita a los ciudadanos conocer las acciones de sus gobiernos, positivas o negativas, a fin de analizar, opinar, o exigir, con elementos, buenos resultados, tal como lo garantiza el artículo 6º de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos que a la letra dice: Toda persona tiene derecho al libre acceso a información plural y oportuna, así como a buscar, recibir y difundir información e ideas de toda índole por cualquier medio de expresión.  

En gran parte del mundo el derecho a la libertad de expresión está protegido en el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos que señala que “todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas sin limitaciones de fronteras, por cualquier medio de expresión. 

En Latinoamérica, el artículo 13 de la Convención Americana de Derechos Humanos garantiza este derecho y prohíbe restricciones indirectas en su ejercicio. En el mundo, tanto la libertad de expresión como la de prensa, representan piedras angulares que garantizan la democracia; sin embargo, en México, aunque la prensa ha vivido días difíciles en sexenios pasados, Andrés Manuel López Obrador se ha convertido en una especie de tribunal de la Santa Inquisición para los reporteros y medios de comunicación que lo evidencian, a él, a su familia, o a sus colaboradores, y en su defensa, argumenta que en toda la historia de México, solo el presidente asesinado mediante un golpe de Estado, Francisco I. Madero, padeció una campaña en los medios en su contra, tan intensa como la que padece él, lo que a todas luces es una exageración, primero porque no hay un estudio serio que haya medido tales impactos; segundo, porque las formas de comunicar han variado, y tercero, porque de ser criticado como Madero en el libreto Madero-Chantecler, “Tragicomedia zoológico, política de rigurosa actualidad en tres actos y en verso representable en 4ª tanda”, firmada por José Juan Tablada con el seudónimo Girón de Pinabete, Andrés Manuel no hubiera controlado su irá, como sí lo hizo Madero: “Qué paladín va a ser, te lo digo sin inquinas; gallo bravo quieres ser y te falta, Chantecler, lo que ponen las gallinas”.