Víctor Hugo Islas Suárez

¿Alguna vez te has preguntado por qué alguien querría escalar el Everest? O sea, no es como subir el Ajusco un domingo, estamos hablando de una montaña que puede matarte con solo respirar más, y sin embargo, desde hace más de un siglo, cientos de personas se lanzan a conquistarla. ¿Por qué? Bueno, George Mallory lo dijo mejor que nadie: “Porque está ahí”. Esa frase, tan simple, resume el espíritu humano de ir más allá, de probarse a sí mismo, de buscar lo imposible; Mallory fue uno de los primeros en intentar llegar a la cima en los años 20, nunca regresó, su cuerpo fue encontrado décadas después, congelado en la montaña, y hasta hoy no se sabe si logró llegar a la cima antes de morir, pero su frase quedó para siempre como símbolo de la obsesión por el Everest.

Luego, en 1953, llegó el gran momento: Sir Edmund Hillary, junto con el sherpa Tenzing Norgay, lograron lo que nadie había hecho antes, llegaron a la cima y regresaron vivos, fue una hazaña que cambió la historia del alpinismo, desde entonces, el Everest se convirtió en una especie de trofeo para aventureros, atletas, y últimamente… turistas con dinero.

Pero no todo es gloria, en mayo de 2006, el Everest se convirtió en escenario de una serie de eventos que sacudieron al mundo, ese mes murieron más de una docena de personas, y no solo por el frío o la altura, sino por algo más inquietante: la indiferencia.

Uno de los casos más tristes fue el de David Sharp, un montañista británico que decidió escalar solo, sin guía ni oxígeno suplementario, lo encontraron agonizando en la famosa “Cueva de las Botas Verdes”, un punto en la ruta donde muchos escaladores pasan, lo más impactante fue que más de 40 personas lo vieron y siguieron su camino, nadie lo ayudó, murió ahí, solo, mientras otros perseguían su sueño de llegar a la cima.

Este caso desató una tormenta de críticas, incluso Sir Edmund Hillary se pronunció, diciendo que el espíritu del montañismo se había perdido. ¿Cómo es posible que alguien muera frente a ti y tú sigas caminando?

Y justo cuando pensábamos que todo era oscuridad, ocurrió algo increíble, Lincoln Hall, otro montañista, fue dado por muerto por su equipo tras sufrir un edema cerebral, lo dejaron en la montaña, convencidos de que no había nada más que hacer, pero al día siguiente, otro grupo lo encontró… ¡vivo! Estaba sentado, delirando, pero respirando, lo rescataron y sobrevivió, su historia fue como un rayo de esperanza en medio de tanta tragedia.

Estas dos historias, ocurridas el mismo mes, muestran las dos caras del Everest, por un lado, la ambición, el ego, la indiferencia, por otro, la compasión, el milagro, la humanidad, y nos hacen preguntarnos: ¿vale la pena arriesgar la vida por una cima? ¿Dónde está el límite entre el reto personal y el respeto por la vida?

Cualquier montaña no es solo una montaña, es un espejo, refleja lo mejor y lo peor de nosotros, nos recuerda que, aunque estemos en “la cima del mundo”, seguimos siendo humanos, y que a veces, ayudar a otro vale más que cualquier logro personal, sí, es verdad, pero ¿y si esto implica una alta posibilidad de también morir nosotros? ¿Es verdad que la crítica es “fácil” cuando no se está ahí, en ese momento? ¿nos debemos detener a pensar en lo que dirán? ¿o simplemente es en verdad más importante el “yo”?  Pregunten a cualquier montañero a ver qué les responde, porque en verdad yo aún no lo sé.