René Cervera
El gobierno del pueblo para el pueblo significa generar una construcción política atenta a las necesidades de todos, todas, y cada uno o una de quienes integran una comunidad.
En el marco de la democracia, la voz y sentimientos de los ciudadanos debe contar en las políticas públicas, pero debe haber claridad de hasta dónde tenemos derecho a intervenir la vida de otros, en qué momento las otras vidas nos son ajenas, aunque no indiferentes.
Cuando afirmamos como un derecho la interrupción del embarazo, estamos aceptando que quien decide abortar sabe lo que un hijo o hija afecta su destino y reconocemos que es una decisión individual y no colectiva. Es un derecho que reconoce el Estado y obedece al entendimiento de que es un proceso doloroso y quien lo decide ejerce su voluntad.
Al Estado no le corresponde decir si te casas o no, pero si alguien ha decidido llevar una vida conyugal al Estado le corresponde garantizar que sea con quien quiera, aunque sean del mismo sexo.
Pero el sentido de este texto no es justificar el aborto ni los matrimonios del mismo sexo; los pongo como un ejemplo de respeto, como una decisión que compete sólo a quien corresponde, porque en el marco de la globalidad y la “extensión de la democracia” estamos dando lugar a sobrepasarnos en nuestras facultades y vamos creando espacios ficticios.
La verdad es que el pueblo de México no votó de manera tal que el 50% de los legisladores sean hombres y el otro 50% mujeres. Fueron los legisladores los que pusieron su voluntad por encima de las y los electores, cuando lo que corresponde es que el cuerpo legislativo obedezca la voluntad ciudadana y no al revés.
Se dice que es una acción afirmativa para proteger a la mujer históricamente desprotegida, pero la mayoría de quienes están en el padrón son mujeres y en consecuencia son las más afectadas con que el voto sea una obligación electoral, más que una reflexión cívica de convencimiento.
Hay mujeres que son más inteligentes que el común de los hombres y hay hombres que son más inteligentes que el común de las mujeres y esa es la razón por la que deben tomar cargos públicos, pero no por cumplir con cuotas forzadas de género.
Pero también en el aspecto territorial surgen cuestionamiento sobre las competencias y facultades, el voto de quienes se fueron al extranjero puede llegar a decidir el voto de quienes se quedaron, si las decenas de millones de paisanos se decidieran a votar, entonces lo que suceda en México se decidirá en estados al norte del país. Y la pregunta que no se acaba de resolver es: ¿por qué nos va a escoger la novia quien no se va a casar con ella?
Se dice que el siglo XXI es el siglo de la venganza histórica: los migrantes invadirán a los Estados Unidos y a Europa, y las mujeres gobernarán el mundo, pero en primer lugar lo idóneo no es que los victimarios se vuelvan víctimas y las víctimas, victimarios, sino que deje de haber víctimas y victimarios. No se trata de cambiar a los protagonistas y antagonistas de la injusticia, sino de que no haya injusticias.
En España, por ejemplo, hay muchos sudamericanos y en la caricatura de un periodico salió un conquistador que le dice a un indígena: ‘tú cáele con el oro y dentro de 500 años te dejamos que vayas a España a cuidar nuestros viejitos’. Por lo que dudo que ocupar un espacio en la sede del colonizador sea una venganza con justicia social.
De la misma manera, dudo que la mujer que recoge la mesa, barre, trapea y lava los platos por orden de otra mujer está compartiendo el empoderamiento de este mundo, al igual que no me parece que el jardinero que siembra flores, corta el pasto y se trepa a un árbol para cortar las ramas cumpliendo órdenes, sea el patriarca de la dama que se lo ordena.
Lo cierto es que si los grandes capitales están concentrados en diminutas oligarquía y estas se permiten bloquear regímenes incomodos a su interés, generando carencias para exhibir el fracaso de otras opciones políticas y económicas; si no existen espacios propios que obedezcan a nuestra historia y anhelos nacionales; si no entendemos que hay elementos tan públicos como el aire que se respira y tan particulares como el pensamiento mismo, si no tenemos el campo de acción necesario para ejercer nuestra identidad, igualdad jurídica y equilibrios sociales, la democracia es ficción.
Ningún cambio se ha dado sin la presión de quienes se organizan para obtener sus derechos, el sufragio ha sido fruto de la exigencia de obreros y mujeres que lo reclamaron con fuerte voz, pero si la manifestación es de incendios, destrucción del patrimonio histórico, agresión a las autoridades y al transeúnte, entonces se convierte en extorsión.
Prohibir es un acto de intromisión que debe evitarse en lo posible, pero retirar personajes en los medios de comunicación porque, al parecer de un sector, son racistas, misóginos, acosadores o algo parecido, es meterse en el gusto privado de manera autoritaria. Ahora es la oportunidad de crear personajes no racistas ni acosadores, que respeten a la mujer, mejor si también al hombre, y pueden ser hasta asexuales si quieren, para que cada quien escoja a quien ver sin censura alguna.
La verdad de las muchas verdades que hay que decir es que el nuevo orden será de convivencia de géneros, con pluralidad de gustos y pensamientos, con equidad económica, con cuidado y respeto a la naturaleza, con derechos universales, sin avaricia, sin ceder a extorsiones ni económicas ni de género o como dicen por ahí: así será o no será.