Gabriela Lazcano
Qué bonito es soñar, ¿no?
Soñamos con un México donde los políticos trabajan para el pueblo, donde el crimen organizado no dicta la agenda nacional y donde el presidente (o presidenta) gobierna sin ataduras.
Pero la realidad, como siempre, prefiere el drama. Hoy, Claudia Sheinbaum no solo carga con el peso de la presidencia, sino con dos jefes incómodos: AMLO, que desde su ranchito sigue moviendo los hilos como titiritero empecinado, y el crimen organizado que le recuerda diariamente quién realmente controla amplias franjas del país.
¡Vaya herencia!
La doctora llegó a Los Pinos con la promesa de dar continuidad a la «Cuarta Transformación», pero parece más bien atrapada en un juego de tronos narco-político.
Por un lado, AMLO le exige lealtad absoluta, como si gobernar México fuera seguir un manual escrito en Tabasco. Por el otro, los carteles le muestran que sus operativos son puro teatro: cada vez que las fuerzas federales «abaten» a un capo, aparecen tres más, como si fueran una hidra de la mitología… solo que con camionetas blindadas.
Y mientras tanto, Ovidio Guzmán, desde una celda en Estados Unidos, se convierte en el protagonista involuntario de este circo. Sus declaraciones tienen más peso que un discurso presidencial, porque cada nombre que suelta es una bomba que revienta en la política mexicana. Morena, el partido que juró ser diferente, ahora ve cómo sus estrellas —Adán Augusto, Monreal, hasta los cercanos a AMLO— bailan en la cuerda floja de un testimonio narco. ¿Y la oposición? Aplaude como si ellos no hubieran tenido sus propias noches de casino con el crimen organizado.
Sheinbaum, en lugar de ignorar el ruido, se enreda. Le responde al abogado de El Ratón cómo si fuera un debate en la UNAM, mientras el país se pregunta: ¿En serio nuestra presidenta está discutiendo con un defensor de narcos? Y es que, al final, el verdadero poder no está en Palacio Nacional, sino en las confesiones de un delincuente y en las sombras de un expresidente que no suelta el micrófono.
México, el país donde los sueños de cambio se ahogan entre balaceras, declaraciones judiciales y tuits mañaneros.
Soñábamos con un gobierno fuerte, y nos dieron uno que teme más a los capos que a las encuestas.
Como decía Chava Flores: ¿A qué le tiras cuando sueñas, soñador?
















