Gabriela Lazcano
Muchos de nosotros —especialmente al llegar a cierta edad— tendemos a darle más valor a algunos momentos que la vida nos regala. Por el contrario, tratamos de olvidar aquellos que son inherentes a nuestra condición humana: esos instantes que nos duelen y siempre dolerán.
De vez en cuando, la vida —como bien dice Serrat— nos regala momentos que vivirán para siempre con nosotros. Buenos y malos. Pero son efímeros, como casi todo.
Es conveniente recordar —sobre todo en estos días— la impermanencia de las cosas y los eventos.
Hoy mismo, pareciera que el mundo está en peligro real. No habrá guerra nuclear, sin embargo, habrá muchas muertes y mucho dolor. No hay manera de evitar eso.
Y así se nos pasa la vida: entre momentos, situaciones, guerras y violencia. Se nos olvida que nada es para siempre. Ciertamente, hay eventos y personas que, aunque duren poco, dejan huella en la humanidad para siempre. Pero incluso eso pasará. De otro modo, imaginen tener un **Noroña** o una **Sansores** a perpetuidad… ¡No hay manera de resistir esas embestidas bestiales!
Si a esta altura del texto no han pensado que debemos dar más valor a lo cotidiano, los invito a hacerlo.
Es cierto: la vida misma, el país donde vivimos y nuestra propia circunstancia nos hacen olvidar esto con frecuencia. Hasta nuestra personalidad y nuestro ego entran en juego. Todos caemos en la trampa de creer que nada cambiará. Pero eso no es real, y no me refiero solo a que vendrán cosas malas. De hecho, mucho se ha escrito sobre cómo el **85% de las cosas que nos preocupan jamás sucederán.
Entonces, si es así (y esperemos que lo sea), ¿en dónde poner nuestra atención y en qué soltar el control? A cierta edad, ya entendemos que, por mucho que uno quiera cambiar una situación o a una persona, simplemente no se puede. Y está bien que así sea. No somos calificadores de nadie… aunque, claro, habrá políticos a quienes sí haya que juzgar —por el simple hecho de ser servidores públicos—. Pero a los demás, ¡mejor dejarlos hacer de su vida un papalote!
Así que, primero, dejemos de gastar energía en lo que no podemos cambiar. No es fácil. A mí —lo reconozco— me cuesta mucho trabajo. Pero cada vez entiendo más que no debo hacerlo. Es una promesa conmigo misma.
Y toda esta disertación, en realidad, gira en torno a dos ejes: Uno global y otro personal.
En el plano internacional, vivimos en una era de crisis cíclicas: guerras que se apagan y resurgen, economías que colapsan y se reinventan, líderes que prometen cambios y terminan repitiendo los mismos errores. El mundo parece un péndulo que oscila entre el caos y la frágil esperanza. Pero incluso lo que hoy parece irreversible —un conflicto, una tendencia política— tarde o temprano mutará o desaparecerá. La historia no se repite, pero rima, y eso debería recordarnos que nada, ni siquiera lo más oscuro, es eterno.
En el plano personal, el desafío es más profundo: aceptar que nuestras certezas también son temporales. Las relaciones que creíamos inquebrantables, los proyectos que imaginamos definitivos, incluso nuestras propias convicciones… todo evoluciona o se desvanece. Aferrarse a lo que ya no es —o a lo que nunca fue— solo genera sufrimiento. La sabiduría está en distinguir entre lo que podemos influir y lo que debemos dejar fluir.
Y hablando de fluir… Ayer viví uno de los días más memorables de mi vida. No diré quién fue el responsable —por respeto a su derecho de privacidad—, pero me regaló momentos inolvidables. Y aunque suene cursi, es la pura verdad: hay situaciones que uno imagina toda la vida, y cuando al fin ocurren, **nos desbordan por completo**.
Debo confesar que, aunque estaba acompañada, fui un poco egoísta: no podía dejar de mirar su rostro, de recordar. Mientras conversábamos, mi corazón y mi mente se llenaban de imágenes, de diálogos, de recuerdos acumulados por años. Y aquí llega el instante que rompe con el título de esta columna. Aquí sí hay permanencia. Aquí, la impermanencia no tiene cabida. NO EXISTE
Y todo por la fuerza más poderosa del mundo:
Sí, podemos dejar que el mundo ruede.
Sí, debemos respetar el camino de cada quien.
Sí, hay que aprender a soltar preocupaciones innecesarias.
Pero hay momentos en que nada de eso importa. Nada. Ante la felicidad de un rostro, ante ese instante que soñaste mil veces y que al fin estás viviendo, no hay reglas ni filosofías que valgan.
Gracias, por dejar recuerdos permanentes en mi corazón. Por demostrarme, a través de ti, que solo hay una cosa que perdura —como decía mi mamá —:
EL AMOR
















