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El México de Hoy / La estrella que se fue

Gabriela Lazcano

No siempre la ciencia nos llega con números, fórmulas y pizarras. A veces la ciencia se nos ofrece como un juego, como un cuento de infancia que se queda tatuado en la memoria. Julieta Fierro fue esa voz luminosa que convirtió el universo en un parque de diversiones para la mente y el corazón. Nos enseñó a ver el cielo jugando, como si la astronomía no fuera un muro de complicaciones sino un puente de asombros al alcance de cualquiera.

Ella tenía esa rara capacidad de volver cercano lo inmenso, de traducir galaxias a palabras sencillas, de hacer que la luz de una estrella pareciera un guiño directo a cada uno de nosotros. Si algo la distinguía no era sólo su conocimiento, sino la forma en que lo compartía: con una alegría genuina, como quien reparte caramelos. Siempre dispuesta a enseñar, nunca cansada de explicar, Julieta parecía disfrutar tanto como sus oyentes el viaje hacia el misterio del universo.

No es exagerado decir que transformó la manera en que México mira el cielo. Miles de niños y adultos descubrieron en sus charlas, en sus libros, en sus programas de divulgación, que la ciencia no está reservada a unos pocos iniciados. Ella nos abrió la puerta del cosmos con ternura, con picardía y con una sonrisa que parecía hecha de polvo de estrellas. Para muchos, fue la primera vez que entendieron que la ciencia podía también conmover, provocar risas y hasta hacernos sentir acompañados bajo la inmensidad nocturna.

Julieta tenía un don raro: el de la humildad de los sabios. No necesitaba exhibir la magnitud de su currículum —que era inmenso— para ganar respeto. Bastaba verla reírse con los niños que le preguntaban por extraterrestres, escucharla con paciencia responder sobre planetas invisibles o acompañarla mientras contaba cómo el cielo cambia y nos cambia. Siempre tenía la certeza de que ninguna pregunta era tonta si nacía del asombro.

Hay quienes pasan la vida acumulando títulos, y hay quienes, como Julieta, dejan huella por su humanidad. Su larga trayectoria científica es indiscutible, pero quizá lo más inolvidable fue su vocación docente. Una mujer que nunca negó su tiempo, que siempre encontró espacio para escuchar una inquietud, por ingenua que fuera, y responder con paciencia y entusiasmo. Ella seguro sí se hablará de tú con las estrellas, porque aprendió a conversar con ellas como quien platica con viejos amigos.

Eterna aprendiz, Julieta demostró que la curiosidad no se jubila. Nunca se cansó de mirar al cielo con la misma emoción de una niña que descubre la primera luna llena. Esa frescura, esa pasión sin fecha de caducidad, fue su regalo para todos nosotros. Y al mismo tiempo nos recordaba que la vida es demasiado corta para dejar de aprender, demasiado valiosa para perder la capacidad de asombrarnos.

Hoy nos duele su partida, pero sería injusto despedirla con lágrimas solamente. A Julieta le gustaba la risa, el asombro, el juego. Le gustaba recordar que el conocimiento no tiene que ser solemne para ser profundo. Tal vez por eso, cuando la recordemos, debamos mirar hacia arriba y sonreír. Saber que allá, en el infinito que tanto amó, hay un destello más que nos guiña el ojo.

La estrella que se fue no se ha apagado: sigue iluminando a quienes, gracias a ella, aprendimos a mirar el cielo con ojos nuevos. Sigue aquí, en cada niño que pregunta por qué brillan las estrellas, en cada adulto que vuelve a emocionarse con una lluvia de meteoros, en cada maestro que intenta enseñar con alegría. Julieta Fierro nos enseñó que la ciencia también es un acto de amor.