Gabriela Lazcano

Supongo que a veces el poder no se siente como poder. A veces se siente como un cuarto cerrado, como una lista de cosas que no se pueden decir, como una decisión que se posterga porque el costo es demasiado alto. Gobernar, en esos momentos, no es mandar: es resistir.

La presidencia de Claudia Sheinbaum ocurre en un tiempo incómodo. No solo por la relación inevitablemente desigual con Estados Unidos o por el momento geopolítico del continente, sino por algo más difícil de nombrar: la herencia. No todos los mandatarios llegan con la libertad de empezar de cero. Algunos llegan cargando un pasado que no eligieron del todo, pero del que tampoco pueden desprenderse sin pagar un precio demasiado alto.

Sheinbaum no prometió ruptura. Prometió continuidad. El llamado “segundo piso de la transformación” no nació como una revisión crítica del sexenio anterior, sino como su prolongación. Eso explica su cautela, su lenguaje medido, esa forma de hablar en la que las decisiones parecen no tener autor claro. Pemex decide. El Estado decide. La soberanía decide. Y, sin embargo, nadie termina de decidir del todo.

Parece ser que el que decide es omnipresente.

Aquí es donde aparece una decepción distinta. No la ideológica —esa es previsible y válida —, sino una decepción más humana. Porque incluso quien no comparte sus ideas puede preguntarse qué ocurre del otro lado del discurso. ¿Qué pasa cuando una presidenta entiende que ostentar el cargo más alto del Estado no garantiza libertad? ¿Qué pasa cuando sabe que cualquier gesto de autonomía puede leerse como traición? ¿Cuándo romper con el pasado no es solo una decisión política, sino una amenaza al equilibrio que la sostiene?

El legado de Andrés Manuel López Obrador no es ligero. Está hecho de lealtades, de silencios, de cifras que no siempre acompañan al relato y de señalamientos persistentes que siguen flotando en el ambiente, sin resolverse del todo. Gobernar después de eso no es sencillo. A veces, quizá, ni siquiera es posible gobernar como una quisiera.

Y entonces la pregunta deja de ser política y se vuelve íntima: ¿qué siente alguien cuando intuye que podría ser más, pero no puede? ¿Cuándo sabe que la historia le está pidiendo una definición y, aun así, elige la prudencia? No todos los políticos están hechos para convertirse en estadistas. Porque serlo implica aceptar la soledad del mando, perder protección y asumir el riesgo de quedarse sin red.

Está claro que, no todos se atreven a.

Tal vez Sheinbaum quiera otra cosa. Tal vez no. La historia no suele darnos acceso a esas respuestas. Lo que sí sabemos es que hay momentos en los que administrar ya no alcanza. Y este parece ser uno de ellos.

La historia no juzga intenciones. Juzga actos.

Y también aquello que, pudiendo, no se atrevió a intentar.

Qué lástima, presidenta, que llegar tan lejos no haya significado llegar libre. Que, teniendo la oportunidad, el peso del pasado, las lealtades heredadas y la realidad política hayan terminado por acotar lo que pudo haber sido. No es una condena. Es una tristeza.

La historia, al final, no lo va a gritar, lo constatará.

Ser sorora no significa justificar. Significa mirar a otra mujer en el poder y preguntarse qué pesa sobre ella, sin dejar de nombrar lo que duele, lo que falta, lo que indigna.

Y me doy gracias a mí misma por no renunciar a la compasión, incluso cuando todo alrededor parece empujarme a perderla.Qué lástima presidenta.