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El México de hoy / El país de las maravillas… y de los disparates

Gabriela Lazcano

La política mexicana parece escrita por un guionista que perdió la razón, pero conserva su empleo en Palacio Nacional. Una escucha a nuestros gobernantes y se pregunta si nos toman el pelo o creen que ya no tenemos cerebro. No estamos en un teatro: estos personajes gobiernan.

Empecemos por nuestra presidente, Claudia Sheinbaum, quien aseguró que la Cuarta Transformación recuperó el orgullo de ser mexicanos: pasó, según dijo, del 58 por ciento en 1990 al 90 por ciento actual. ¡Vaya descubrimiento histórico! ¿Antes de Morena vivíamos avergonzados de nuestra bandera, historia, héroes y antepasados? ¿Tuvimos que esperar a López Obrador para descubrir que México merece orgullo?

¿Y qué hacemos con Hidalgo, Juárez, Madero, Sor Juana, Vasconcelos, Octavio Paz, Rosario Castellanos, nuestros científicos y humanistas? ¿Todos esperaban a Morena para sentirse orgullosos? México no nació en 2018, señora presidente. El amor por este país tampoco.

Y mientras la presidente nos explica cuándo empezamos a querer a México, el impresentable Marx Arriaga nos ilustra: las matemáticas y la literatura servirían para formar obreros al servicio del capitalismo. Todos estamos expuestos a decir tonterías, pero este hombre parece haber hecho de ellas su estandarte. ¿Y los ingenieros, físicos y científicos? ¿Condenados a servir al capital por resolver una ecuación?

Lo de la literatura es peor. Leer, imaginar y desarrollar pensamiento crítico sería explotación capitalista. ¿Qué hacemos con Cervantes, Octavio Paz y Juan Rulfo? ¿Autores que fabrican obreros? ¿Qué clase de izquierda necesita ciudadanos que no lean para existir? Si el pensamiento crítico estorba, el problema es quien teme a una ciudadanía capaz de pensar.

La diputada morenista Victoria Gutiérrez Pérez habla de soberanía espacial, de una nave que supuestamente se construye en Veracruz y de llevar café a Marte, con Elon Musk como villano que quiere apropiarse del universo. Ya imagino la escena: México, potencia espacial; Veracruz, centro aeroespacial; una nave cargada de café y Marte esperando su lechero. Una cosa son las aspiraciones científicas y otra convertir la ciencia ficción en discurso político. Aquí seguimos resolviendo problemas elementales y ya nos venden Marte.

Y mientras unos conquistan el espacio, en la Tierra tenemos al INE. La grabación de una diligencia por el despido de trabajadores, difundida por la abogada Mónica Calles, puso sobre la mesa denuncias de presiones y amenazas.

¿Por qué pedir que se retiren y no esclarecer lo que quedó grabado?

Y cuando Guadalupe Taddei queda en el centro de controversias sobre boletas planchadas y criterios para contar votos, la preocupación deja de ser burocrática. Si tampoco pueden garantizar que personas vinculadas al crimen organizado queden fuera de las candidaturas, ¿qué certeza ofrecen al ciudadano?

Ya no sé qué indigna más: lo que hacen o lo que dicen. La presidente puede atribuirle a su movimiento el orgullo nacional, pero no apropiarse de la historia. Arriaga reduce el conocimiento a una consigna; una diputada imagina cohetes a Marte, pero la imaginación no sustituye pruebas. El INE debe aclarar lo ocurrido.

No podemos resignarnos a que el absurdo se disfrace de proyecto nacional, ni aceptar que por mil o seis mil pesos alguien deje de pensar, tolere abusos o renuncie a sus derechos. La confianza no se exige a gritos: se construye con hechos.

Mientras ellos reinventan la historia, redefinen las matemáticas y conquistan Marte, los mexicanos seguimos en la Tierra, intentando pagar las cuentas y confiar en alguna institución. ¿Cuánto tiempo más permitiremos que nos traten como si no distinguiéramos entre una idea y un disparate, entre gobernar y abusar? Una cosa es que nos quieran ver la cara. Otra es que pongamos la otra mejilla… y hasta financiemos el cohete.