Gabriela Lazcano

Hoy no tengo ganas de escribir sobre política. No quiero hablar de Morena, ni de sus trampas descaradas, ni de la violencia que nos ahoga, ni de los titulares que convierten el horror en rutina. Estoy harta de tanta inmundicia. Cansada de que cada mañana, al despertar, lo primero que llegue a mi teléfono sean noticias y están sean el recuento de muertos, la lista de nuevos corruptos o el último discurso vacío de quien prometió cambiar todo y solo empeoró lo mismo. 

Recuerdo el olor a tierra mojada en las tardes de lluvia, cuando salir a caminar no era un acto de valentía. Cuando los niños jugaban en las plazas hasta que anochecía, y el mayor peligro era una raspadura de rodilla. Cuando la corrupción existía, sí, pero no se pavoneaba con tanta arrogancia. 

Extraño los tiempos en que un escándalo político todavía asombraba. Cuando un gobernante robaba, pero al menos lo negaba con vergüenza, no lo celebraba con sonrisas cínicas. Cuando las noticias no eran una sucesión interminable de masacres, fosas y narcomantas. Cuando podíamos discutir de fútbol, de cine o de música sin que, al final, alguien soltara un:

¿Y qué tal esos más de 100 mil muertos? y todos callaremos, porque ya ni siquiera duele: solo entristece. 

Ejemplos que duelen (pero que no quiero normalizar)

La tiendita de la esquina vs. las extorsiones.

Antes, el crimen organizado estaba lejos. Ahora, hasta la señora que vende tamales debe pagar «derecho de piso». Y si no, desaparece. 

Los políticos que antes fingían ser honestos.

Hoy ni eso. Ahora roban, mienten, y al día siguiente salen en una mañanera a decir que fue un acto de justicia social. 

Las plazas vacías.

¿Cuándo fue la última vez que viste un parque lleno de familias un domingo? Ahora muchos prefieren encerrarse, porque salir puede costar caro. 

Pero aún hay razones para no rendirse

A pesar de todo, México sigue respirando. En los mercados, donde las risas de los locatarios le ganan al miedo. En las escuelas, donde maestros siguen creyendo que la educación salva, aunque el gobierno les recorte recursos. En los jóvenes que, en lugar de huir, construyen colectivos, rescatan espacios públicos o defienden causas justas. 

Hay esperanza en la mujer que abre una panadería en medio de una colonia peligrosa. El estudiante prefiere protestar con libros que con piedras. El médico que atiende en un hospital público sin medicinas, pero con humanidad. En los periodistas que, a pesar de las balas, siguen contando la verdad. 

Un último recordatorio (para mí y para ustedes)

No podemos permitir que el miedo y el cinismo nos ganen. Sí, el país duele. Sí, muchos días dan ganas de apagar el teléfono y gritar ¡Basta ! Pero si nos rendimos, ellos ganan. 

Así que hoy, solo por hoy, elijamos no hablar de lo que nos rompe. Mañana seguiremos luchando, exigiendo, denunciando. Pero hoy, respiremos. Miremos al cielo. Abracemos a los nuestros. Y recordemos que México no son solo sus políticos o sus criminales: somos nosotros. Los que no nos vendemos, los que no nos acostumbramos, los que seguimos creyendo que un futuro mejor es posible. 

A fin de cuentas, la esperanza también es un acto de resistencia.