Gabriela Lazcano

Qué fácil es criticar al otro, ¿verdad? Señalar con el dedo al que gasta, al que viaja, al que vive bien. Y qué difícil es, en cambio, mirarse al espejo y aceptar que la cosa no es tan diferente. El hijo de un presidente, el de cualquier presidente, tiene sus privilegios. Lo sabemos. Pero lo de José Ramón López Beltrán ya no es privilegio, es cinismo puro.

Lo pintan como un joven con «gustos sencillos»

Pero sus viajes por el mundo, sus estancias en hoteles de lujo y sus despliegues de jet-set nos hacen pensar que su sencillez se parece más a la nuestra.

A la de los que esperan en una cola para recibir una medicina que nunca llega, a la de los que batallan para llegar a fin de mes, a la de los que sueñan con unas vacaciones a la playa y acaban en la alberca de la azotea.

Dicen que el «Júnior» es un muchacho de «buenos sentimientos», un «Joven de luz». Y yo lo dudo enormemente. Creo que no tiene ninguna cualidad, creo que es soso y ni siquiera tiene personalidad, no tiene conocimiento de política, solo lo que ha aprendido de su padre, o sea vivir del pueblo mientras no trabajaba y robar una vez que pudo hacerlo.

También me pregunto si sus sentimientos se extienden a los padres que lloran la muerte de un hijo por falta de medicinas. O si su «luz» alcanza a alumbrar los rincones oscuros de la corrupción que azota al país.

El presidente, en su momento, nos dijo que los mexicanos teníamos que «apretarnos el cinturón».

Y algunos como buenos ciudadanos corderos obedecieron.

Pero mientras el pueblo se ajustaba, José Ramón se ajusta el cinturón de seguridad en un avión militar, rumbo a su próximo destino.

Y a uno le da por pensar. Si la austeridad republicana era tan importante, ¿dónde quedó? Si el gobierno del «pueblo» era para el pueblo, ¿por qué el hijo de un alto funcionario vive como un rey?

La historia de los viajes y la opulencia de este señor golpea la cara con la misma fuerza que la escasez de medicamentos en los hospitales, la corrupción rampante en las instituciones y la impunidad que se pasea por las calles.

Es un recordatorio de que, para algunos, la austeridad es solo una palabra. Un eslogan de campaña. Una frase más para el repertorio.

Duele el cinismo de quien presume de sencillez mientras se pasea por el mundo.

Duele el cinismo de quien habla de austeridad mientras su familia vive en un lujo insultante.

Duele el cinismo de un gobierno que se jacta de ser «diferente» mientras repite los mismos errores del pasado.

Y, al final, la pregunta que asalta es: ¿De verdad nos esperábamos algo distinto?Y a todo esto, con tanto despliegue, con tanta opulencia y con tanto lujo, ¿También venía con desayuno incluido todo Morena y su podredumbre?