En los últimos años, la humanidad ha incrementado gradualmente el consumo de productos electrónicos que, en menos de un año, terminan en la obsolescencia. Estos aparatos son reemplazados por alguno más nuevo y son destinados a pasar la vida guardados o desechados. Al año en el mundo se tiran poco más de 5 millones de celulares que contaminan, cada uno, 675 mil litros de agua cuando se arrojan a la basura. De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS), una persona requiere al día 100 litros de agua.
Siguiendo con esta lógica, un celular que termina en la basura contamina el agua que necesitaría una persona para satisfacer sus necesidades de consumo y de higiene por más de 18 años. En la fabricación de un microchip, que, por los menos utilizan uno casi todos los electrodomésticos, gadgets y automóviles, se contaminan en promedio 130 litros de agua.
En México, de acuerdo a datos de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT), se estima que al año se generan alrededor de 1.1 millones de toneladas de residuos electrónicos, y se espera que para 2025 el país producirá 1.2 millones de toneladas, lo que representa un posible incremento del 17%. En la actualidad sólo se recicla el 10% de los componentes electrónicos en el país y en América Latina, mientras que en Europa la cifra alcanza el 20%.
De no atender la problemática en México, en poco tiempo enfrentaremos un gran problema de contaminación que dañará irremediablemente al medioambiente y condenará a las próximas generaciones.
Hace unos años Francia promulgó una ley para reducir la huella ambiental de la tecnología. Entre las medidas que se adoptaron destacan: obligar a los fabricantes a incluir una etiqueta con el índice de reparabilidad de los productos en una escala que va del 1 al 10.
También se ha promovido que haya «cafés de reparación», donde se pueden arreglar de forma gratuita aparatos electrónicos y electrodomésticos. En Austria, se redujeron a la mitad los impuestos sobre cierto tipo de composturas y algunos estados han optado por dar vales a las personas, con un valor que asciende los 100 dólares para financiar reparaciones.
El objetivo de ello es romper la cadena viciosa de consumismo. Cambiar el paradigma de “úsese y deséchese” por “usése y repárece” para que perdure con los años. Esto no sólo ayuda al medioambiente, también beneficia a los consumidores que tienen la posibilidad de gastar menos en productos desechables.
De las acciones que emprendamos depende el futuro de las próximas generaciones. ¿Queremos dejarles un planeta con pura basura o uno en el cual puedan seguir habitando?















