Enrique Escobedo
Evolución e involución son dos conceptos que integran una dualidad opuesta y paradójicamente complementaria. Queda claro que evolucionar es desplegar hacia adelante las potencialidades de la innovación y creación humanas. Lo contrario es la involución o repliegue que es voltear hacia atrás, al pasado y a lo interior. Se trata de dos fuerzas que conviven en los seres humanos y en la sociedad.
Así tenemos que cuando el presidente José López Portillo inició la Reforma Política en 1977 empezó a madurar el sistema de partidos, a emanciparse y organizarse la sociedad civil, a reconocerse que la inclusión y la tolerancia son valores democráticos y que México podría ser gobernado por otras fuerzas políticas que no fueran las del Partido Revolucionario Institucional. En otras palabras, la idea de la democracia concebida más allá de una estructura jurídica y un régimen político, sino como un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo fue una autentica transformación que fructificó en el año 2000.
México transitó de un sistema de partido hegemónico y un presidencialismo omnímodo a un régimen pluripartidista y a un gobierno presidencial. La evolución democrática iniciaba sus primeros pasos, no obstante que los presidentes panistas dejaron mucho que desear. De ahí que la sociedad volvió a ver en el PRI la posibilidad de rearticular el crecimiento socioeconómico. Empero el gobierno de Peña Nieto se singularizó por dos circunstancias: el logro de algunas reformas estructurales y la elevada y cínica corrupción. Consecuentemente la sociedad decidió darle la oportunidad a una de las siluetas de la izquierda mexicana encabezada por el luchador social Andrés Manuel López Obrador.
La llegada del partido Morena al poder refrendó los ideales democráticos y la posibilidad de imprimir mayor fuerza a las políticas encaminadas al desarrollo social. Empero con el transcurso de los meses lo que hemos visto los mexicanos es el regreso a la idea del partido hegemónico, al presidencialismo a ultranza, al predominio del poder Ejecutivo sobre el legislativo y al intento de sojuzgar al judicial, a imponer las prioridades en la Fiscalía General de la República y a acotar a los órganos constitucionales autónomos como es el Instituto Nacional Electoral (INE) y al Instituto Nacional de Transparencia (INAI). Léase, el actual gobierno es un claro ejemplo de que la involución es posible y que aunque se digan liberales, lo que son en realidad es la representación de la reacción en contra de la democracia. Es el deseo involutivo a un presidencialismo que todo lo sabe y todo lo puede.
El discurso de Morena es dual. Por un lado, se dice abanderado de las causas populares, combatiente de la corrupción y promotor del desarrollo. Por el otro confronta a la sociedad, amaga contra periodistas y medios de comunicación, sostiene un discurso agresivo, maniqueísta y está decidido a rehabilitar la maquinaria electoral partido de Estado-Gobierno con sus consecuentes autoritarismos.
El discurso oficial sostiene que su propuesta es la transformación mediante la revolución de las consciencias y que la politización es la base de la acción. Lo cual es en efecto plausible. Pero resulta que la realidad es la compra de votos mediante los programas sociales, la alienación educativa mediante los nuevos contenidos de los libros de texto gratuitos, el dogmatismo acrítico a las políticas gubernamentales y el deseo de controlar los procesos electorales desde el gobierno.
La evolución, en algunas ocasiones se adormece y emerge la revolución, pero ni evolución, ni revolución son ajenas a la posibilidad de la involución o retroceso histórico. Tal es el caso actual de nuestro país, la democracia está amenazada y las instituciones que la defienden son atormentadas. Además del INE y el INAI podemos ver las pedradas a la educación superior. México vive en la actual gestión un retroceso de la vida democrática.













