El dolor no cesa, el terror tampoco. Las alarmas, encendidas desde hace ya un buen rato, siguen sonando sin que haya alguien que actúe de manera efectiva. Irrefrenable y lastimosamente México se ha convertido en un lugar de alto riesgo para el ejercicio del periodismo. Por otro lado, en los salones de Palacio Nacional se ha decidido que es más apremiante dedicar horas en la mañanera (un espacio digno de la más burda propaganda solipsista) para referirse a temas tan insustanciales como el proceso de revocación de mandato, la inauguración del nuevo aeropuerto o los tuits de sus adversarios, para desviar la atención de los problemas reales como la crisis de violencia e impunidad que azotan al país.
Desde que empezó el 2022, se perfilaba un año peligroso para los periodistas que trabajan en los territorios de la República fustigados por el narco. El 10 de enero se registró el primer homicidio: José Luis Gamboa Arenas fue atacado a puñaladas en el puerto de Veracruz. Siete días después, en Tijuana, Baja California, asesinaron a balazos a Margarito Martínez. El 23 de enero, también en Tijuana, mataron a Lourdes Maldonado (la periodista había solicitado protección directamente al presidente en Palacio Nacional durante una de sus conferencias matutinas). El primer mes del año cerró con el cuarto periodista asesinado: el 31 de enero, Roberto Toledo, miembro de Monitor Michoacán, murió al ser atacado por 3 sujetos en su domicilio en Zitácuaro.
Armando Linares, director de dicho portal de noticias, denunciando en un video el asesinato de su compañero Roberto expresó una frase que condensa la desesperación, el peligro y la injusticia que se vive en México: “Nosotros no traemos armas. Nuestra única defensa es una pluma, un lapicero, una libreta”. La semana pasada, el 15 de marzo (después de los homicidios de Heber López, Jorge Camero y Juan Carlos Muñiz), Armando se convirtió en el octavo periodista asesinado en lo que va del año. En el velorio, en un momento de respeto —y de tregua, si se quiere—, hubo un incidente que pone los pelos de punta: un sujeto armado amenazó a los reporteros que acudieron al último adiós de Linares. Tal es el temor que Monitor Michoacán habrá de cerrar sus operaciones pues, de cinco personas que trabajaban ahí, dos están muertas, una desplazada y las otras dos prefirieron no arriesgar la vida.
Sin la protección efectiva de parte de las autoridades, ya rebasadas por los grupos criminales, los periodistas han visto aún más en riesgo ejercer su profesión. Con la objetividad como ideal y como fin, las palabras de Linares habrían de resonar con potencia: ante las armas, el oficio de la verdad.