Me preguntaron si ¿En verdad le duele a López que maten soldados, esos que por la mañana son militares y por la tarde se cambian el “sector” y se transforman en guardia nacional?

No supe responder, pero si precisé que el Ejército Mexicano es una institución de las más respetadas y queridas por el pueblo; cuántos en su momento no pensamos en portar el uniforme y asumir tareas de salvaguarda de la ciudadanía, servir a la Patria.

Algunos como en mi caso, abandonamos la idea por falta de estatura física, pero no ganas, y aunque sólo llegué a sargento segundo de Policía Militar, del séptimo Batallón de Infantería, supe lo que significaba portar el uniforme, el cordón de mando, el brazalete que nos distinguía.

Ahí mismo, el entonces Coronel, Everardo Calvo Rojas nos hizo sentir que el uniforme se porta con orgullo, disciplina, orden, honor y que está íntimamente ligado a un buen comportamiento y se traduce en acciones de servicio al pueblo. Sin él, se es un ciudadano más.

No sé hoy, pero siento que cuando un soldado es agredido y desarmado, le quitan su esencia, le arrancan sus cintas, su orgullo y peor cuando se es oficial con mando; pierden, más que sus barras, estrellas o águilas, se quiebra el respeto por sí mismo y el de los demás.

Quien sufre una vejación así, se siente cobarde por más que se le diga que es una orden.

Y es que el orgullo militar es de carne y hueso, es sentimiento, inteligencia y patriotismo hecho ser humano. Para ser no sólo hay que parecer, sino sentir, tener la vocación de servicio que unos dicen es a la Patria, otros al pueblo, pero en el fondo es eso: servir.

De ahí que entre los tesoros más valiosos del soldado no son sus armas, uniformes o grados, sino el honor, el respeto, servir. Cuando eso se le quita al militar, le queda muy poco, para algunos, nada.

López Obrador no sabe de eso, carece de lo esencial: orden, respeto, honor, espíritu de servicio.

Bueno eso digo yo. 

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