Hay ocasiones en que el ritmo ajetreado de la vida provoca que nos olvidemos de preguntas que deberían ser persistentes: preguntas que están frente a nuestros ojos todo el tiempo, pero que no vemos. Quizá un buen ejemplo de esto resida en la forma de nombrar a las calles, colonias y avenidas de las ciudades. Las transitamos por costumbre de tal manera que omitimos dudar: ¿quiénes son esas personas cuyos nombres bautizan nuestras calles?
Lo anterior puede ser el caso de la avenida Presidente Masaryk, llamada así en 1936 por Lázaro Cárdenas en honor al autor de la frase que encabeza este texto. Frase que puede resultar familiar, con un ligero ajuste, en el lema cuatrotero de: “No robar, no mentir y no traicionar”. Nunca he escuchado a ningún dirigente o militante de Morena reconocer el origen de esa máxima tan presente en los discursos de la 4T, como ausente en los hechos de su gobierno.
¿Por qué alguien tan afecto a contar historias como López Obrador nunca ha platicado cómo surgió esta frase?, ¿es un plagio?, ¿es coincidencia?, ¿le dará pena porque piensa que es fifí? En todo caso, es lamentable que nunca se haya dedicado, aunque sea unos minutos, para hablar de Tomáš G. Masaryk, fundador y primer presidente de Checoslovaquia en 1918, quien, de orígenes humildes (y cuya estatua, en una paradoja, ahora adorna una de las avenidas más caras en América Latina), logró establecer los cimientos de lo que hoy es la República Checa: uno de los países más estables, igualitarios y con uno los mejores sistemas de salud y educación públicos del mundo.
En los primeros siglos de nuestra era el polifacético Plutarco —fue filósofo, embajador, magistrado, historiador y sacerdote mayor del Oráculo de Delfos, el encargado de interpretar los augurios— escribió una serie de biografías a la que llamó “Vidas paralelas” donde compara la historia de diversos personajes griegos con los que él consideraba que eran sus pares romanos, por ejemplo: Teseo con Rómulo, Solón con Publícola o Alejandro Magno con Julio César.
“Habiendo yo de escribir estas vidas comparadas” como dice Plutarco, parece improbable que a López Obrador se le recuerde en paralelo con Tomáš Garrigue Masaryk. Mientras uno demostró su feminismo adoptando como propio el apellido de su esposa Charlotte Garrigue, el otro se ha mantenido cerrado al diálogo con grupos de mujeres. Masaryk unió a su país, Obrador lo divide. El primero vivió en congruencia con su lema, el segundo miente todos los días. El legado de Masaryk es innegable. Los checos lo recuerdan con respeto, orgullo y cariño, al grado que se refieren a él como “tatíček” (papá) Masaryk. ¿Cuál será el legado de la 4T?, ¿cómo serán recordados sus dirigentes? Sólo la historia lo sabe, pero hasta ahora no pinta muy bien.













