Hablar durante horas conlleva un peligro al que está expuesto hasta el más experimentado orador y que parecería lógico, pero no siempre es evidente: decir lo que no queríamos decir.  

Es común que estos infortunios de la lengua tengan su origen en un tipo de discurso tan antiguo como el lenguaje mismo: el “vaniloquio”. Del latín “vanus” (vacío, hueco) y “loqui” (hablar), esta palabra se refiere al discurso insustancial, desprovisto de contenido y, por lo tanto, inútil. 

Perderse en la palabrería es fácil cuando se parla sin brújula y, como ya dijimos, es un riesgo que también acecha a los más habituados y curtidos enunciadores. Por ejemplo, el pasado 24 de mayo, escuchamos al presidente López Obrador hacer un planteamiento que —aún después de intentar ser desmentido varias veces— sigue causando confusión porque, a pesar de todo, las palabras fueron pronunciadas y entre más se desdicen, más se vuelven a decir: “yo he llegado a sostener que, si el modelo neoliberal se aplicara sin corrupción, no sería del todo malo”. Así, en el espacio de unas cuantas sílabas discurridas en voz alta, lo que durante décadas ha sido “el enemigo público número uno” del obradorismo, pasaba a ser reivindicado como algo no tan malo.  

El discurso hueco lo encontramos en todos los niveles, países y culturas. Apenas la semana pasada el vocero de Boris Johnson, primer ministro del Reino Unido dijo que su jefe transformaría al Servicio Nacional de Salud (NHS, por sus siglas en inglés) en un “sistema de salud Blockbuster, en la era de Netflix”. Para contextualizar el desafortunado comentario, es necesario decir que Reino Unido actualmente atraviesa una crisis por la sospecha en la población de que el gobierno está provocando la quiebra del sistema de salud pública para privatizarlo. Blockbuster, la empresa de alquiler de películas en video, se declaró en bancarrota en el 2010 y Netflix es reconocida internacionalmente por ser una compañía privada que limita sus servicios a un sistema por suscripción. Por más que las autoridades han querido reinterpretar el sentido de la comparación, el miedo —transformar al NHS en una empresa que quebró y hacer el sistema de salud 100% privado— persiste. 

Alto es el riesgo del vaniloquio. Cuando el vanilocuente tiene que salir a corregir o ampliar lo ya enunciado torpemente es porque ocurre una paradoja: le gusta escucharse, pero no escucha lo que dice. Y lo dicho, dicho está.