Enrique Escobedo
Los partidos políticos son organizaciones formales de la sociedad creados a fin de conquistar el poder mediante el apoyo ciudadano en la vida democrática de una nación. Los conforman ciudadanos que se identifican con determinadas ideologías, intereses, principios, valores y programas de acción. Representan a una parte de la ciudadanía en los poderes Legislativo y Ejecutivo y son uno de los pilares más importantes en la construcción democrática de un país, pues defienden sus principios e idearios en debates organizados en los parlamentos y, a la vez, interpretan las demandas y necesidades de la población. Por eso los partidos llegan a acuerdos que, en principio, deben estar orientados al desarrollo nacional y al mejoramiento constante de la calidad de vida de la población.
El respaldo social contribuye a su sostenimiento, ya que las preferencias de los ciudadanos los fortalecen o los debilitan. De ahí que responden a momentos históricos que los definen en elecciones legales, competitivas, sistemáticas y reiteradas en procesos electorales.
En el caso mexicano están definidos en el artículo 41 constitucional como entidades de interés público. Por lo anterior su vida depende del respaldo social y, simultáneamente, de su capacidad de gestionar los intereses sociales. En otras palabras, viven gracias al voto popular y su capacidad de gestión y de resultados cuando, al ganar una elección, demuestran saber gobernar y dar resultados positivos.
Empero vivimos la crisis de partidos debido a múltiples causas. Crisis que se observa en México, Latinoamérica y en muchas naciones europeas e incluso en Norteamérica. Algunas de ellas son por corrupción de algunos de sus militantes cuando acceden al poder, por su incumplimiento de las promesas de campaña, por yuxtaponer intereses particulares o de grupo sobre los mayoritarios, por su cínico comportamiento en el ejercicio del cargo, por no debatir con argumentos, sino con rumores y chismes. Por la impunidad y solapamiento entre los militantes que se cubren unos a otros las espaldas y crean contubernios. Los partidos políticos en México despiertan tanta desconfianza como las corporaciones policiacas o la administración en las cárceles y reclusorios. Que quede claro, no estoy señalando y no acuso de corrupción a esas instituciones, simplemente señalo un dato producto de encuestas.
Dicha crisis se refleja en apatía ciudadana y su rechazo a votar. También en una situación de nihilismo social que se aleja de los conceptos de politización y de ciudadanización. Los partidos políticos han contribuido a la crisis. Su baja calidad en los debates, sus acusaciones sin pruebas, su falta de ética en las contiendas electorales y la selección de algunos de sus candidatos son un claro ejemplo de conflictos internos.
El problema es que con dicha crisis todos perdemos, pierde la democracia, pierde la ciudadanía, pierden las instituciones, pierde legitimidad el pacto social y afloran la desconfianza, el escepticismo y las sospechas entre vecinos. La crisis de los partidos como crisis de la democracia históricamente ha abierto las puertas al autoritarismo populista que en nombre del pueblo bueno señala a los enemigos, los estigmatiza y los arrincona.
Hoy, los partidos de oposición deben realizar un trabajo serio de autocrítica y superación. De no hacerlo también serán responsables de la autocracia monopartidista que amenaza el horizonte político de México. Hay mucho que hacer además de saber comportarse como opositores. Requieren en algunos casos refundarse y en otros restructurarse. Pero les queda poco tiempo para superar su crisis.












