La semana pasada hablábamos sobre el extraño caso de Filippo Bernardini, un posible “lectópata” que por su adicción a la lectura robó más de mil manuscritos antes de que fueran publicados con tal de ser el primero en leerlos. Siguiendo la hebra de ese mismo hilo, ahora cabe reflexionar sobre un caso que tristemente resulta más común: el de los “lectófobos”, los que le tienen miedo u odio a la lectura. 

¿Es importante leer? Depende para qué. En el libro “Los negocios del señor Julio César” de Bertolt Brecht, el dictador romano aborda este tema desde el ámbito político y plantea un dilema: “Se dice que hemos sometido al Asia. Yo digo: según como se mire”. Julio César admira la cultura asiática y considera que los romanos son inferiores en este sentido porque en Roma la palabra se ha devaluado a un asunto comercial. Al hacer una valoración del estado de la República romana en el continente asiático, donde Pompeyo (su rival político) lleva el liderazgo, el César advierte que Roma: “Cuenta con demasiados soldados y economistas y con muy pocos artistas y literatos”. Este vacío —en un sentido práctico— representa una vulnerabilidad. Julio César sentencia: “Quizá seamos nosotros quienes nos sometamos a los sometidos… precisamente por su cultura”. En Roma, dice el César: “Los políticos verdaderos no leen libros”, sólo saben arrojarlos.  

En México esto no nos es ajeno. Así, podemos recordar eventos tan desafortunados como los protagonizados desde la cúpula del poder por algunos de nuestros expresidentes: por ejemplo, aquel despistado que transformó a Jorge Luis Borges en José Luis Borges o el otro exprimer mandatario que de plano no pudo enlistar tres libros que hubieran marcado su vida, además de la Biblia (que no leyó completa). La lista podría ampliarse para incluir a legisladores que, en un debate, se enojan cuando se les pide permiso para hacerles una “interpelación” porque piensan que se trata de una grosería, pero es mejor seguir de largo y no entrar en un pantano. 

La palabra escrita abre caminos mentales, nos permite imaginar y conocer otras realidades sin la necesidad de movernos del sitio en el que estamos, podemos viajar miles de kilómetros o brincar de una época a otra sin desplazarnos un centímetro. Una persona habituada a la lectura se va nutriendo de herramientas que le permiten analizar situaciones complejas de manera eficiente y a tener más alternativas de decisión, esto ayuda a resolver problemas con mayor facilidad. El peligro de tener una clase política lectófoba es que el Estado en su conjunto se convierte en un aparato burdo, torpe e ineficaz. Debemos superar el miedo y el odio a los libros, y leerlos en lugar de aventarlos.