El pueblo otomí es uno de los más antiguos de México, ha habitado el centro de lo que hoy es nuestro país desde hace milenios. Sus antepasados son considerados los pueblos nativos de estas tierras.  

A pesar de su antigüedad, es muy poco lo que sabemos sobre la historia de esta cultura. Nunca llegaron a construir su propio Estado y no dejaron ningún escrito previo a la Conquista. 

Ni siquiera el nombre con el que los conocemos es suyo: fue impuesto por los nahuas y su origen sigue en el terreno de la especulación.  

Hay quienes dicen que otomitl viene del náhuatl otocac (“que camina”) y mitl (“flecha”): “Que caminan con flechas”. Posteriormente, el historiador Wigberto Jiménez Moreno dijo que en realidad otomitl podría venir de la palabra arcaica totomitl, que significa: “flechador de pájaros”. 

Como si siempre hubieran estado en el lado desafortunado de los acontecimientos históricos, los otomíes no logran florecer: los mexicas los oprimían y por eso apoyaron con sus flechas a Hernán Cortes. Pero, cuando cae el Imperio azteca, los oprimidos y los opresores fueron colonizados y evangelizados por igual. 

Más adelante, tampoco saldrían beneficiados en ninguna de las “Cuatro grandes transformaciones que ha vivido México” (el mito fundacional del actual régimen). 

En lo que se refiere a la 1T, según el Atlas de los pueblos indígenas de México del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI): “El movimiento de Independencia no mejoró en nada sus condiciones económicas.” 

Con el triunfo de los liberales y la promulgación de las leyes de Reforma (2T), llega la Ley de Desamortización de Bienes, que serviría de base legal para despojar a los indígenas de sus tierras comunales. 

La Revolución (3T) se convierte en uno de los periodos más sanguinarios para los pueblos indígenas porque tomaron parte activa en ambos bandos. 

Finalmente, con la 4T, los otomíes siguen sin encontrar suerte: el 12 de octubre de este año, un grupo de integrantes de la comunidad otomí que reside en la Ciudad de México decidió tomar las instalaciones del INPI para exigir un diálogo con la máxima autoridad capitalina. 

Pronto se cumplirán dos meses y no parece haber respuesta a sus demandas. Sabemos que sesenta días (o dos años de gobierno que lleva Morena) difícilmente son suficientes para remediar décadas de agravios.  

Pero, después de siglos de opresión y sufrimiento, lo mínimo que merece este antiguo pueblo de flechadores caminantes, es ser escuchado.