Tique era la diosa griega de la fortuna. Su nombre Τύχη, quiere decir “Suerte”. Fue una divinidad poco frecuentada y a la que pocos rendían culto: quizás porque muchas de las cosas que sucedían eran atribuidas a otras deidades, su actuar pasaba desapercibido. 

La mitología no nos legó su historia. Su efigie se fue diluyendo con el tiempo y casi se convirtió en una mera abstracción del destino, hasta que llegó el momento en que los antiguos la vieron como la representación que más se acercaba a la naturaleza. En palabras de Roberto Calasso: “Si la vida se desnuda de todo, queda el cuerpo de la fortuna. Lo que ocurre es un continuo enfrentamiento de dados arrojados.” 

El 30 de septiembre, en la conferencia matutina presidencial, “estalló” un problema que tenía años de ser evidente para todos los que alguna vez han visto u oído lo que ocurre en ese tinglado. Hay muy poca certeza sobre la forma en que se les da la palabra a los periodistas que cubren las conferencias y esto generó reclamos por parte de aquellos que no consiguen obtener el micrófono con tanta frecuencia como otros: es un grupo reducido el que tiene la palabra y, como consecuencia, da la sensación de ser algo armado; es decir, hablan los mismos y permiten que el presidente hable de sí mismo. 

“Lo mejor es una tómbola”, dijo el primer mandatario. La respuesta rápida presentó una solución salomónica (o más bien “pilática”, por aquello de lavarse las manos): si para ser diputado plurinominal en Morena hay que entrarle a la insaculación, ¿por qué no dejar que el azar sea el encargado de decidir quién puede preguntarle cosas al presidente? En el mundo de la 4T, parecería algo natural… Sin embargo, la propuesta no fue bien recibida por los reporteros: tal vez porque, como muchos mexicanos, ya están cansados de que la incertidumbre envuelva casi todas las acciones de un gobierno que parece encomendado a la Santa Suerte.  

Hace tiempo que la realidad es una versión alterada de la ficción. En la nuestra, parece que la vida puede cambiar por un sorteo al que nunca nos inscribimos. Por “azarosos misterios”, cualquier persona que exprese su opinión pasa de ciudadano promedio a ser exhibido a nivel nacional como conservador, golpista, fifí o neoliberal. Mañana miembro de gabinete y pasado relevado al olvido. Ayer parte de la Ayudantía, hoy funcionario público de primer nivel. De académico o investigador a imputado por delincuencia organizada y lavado de dinero. 

Y todo por la combinación exacta de una caprichosa voluntad encargada de determinar la buena y la mala suerte. Pareciera que lo que vivimos en nuestro país no es sino un infinito juego de dados, arrojados por una sola persona. 

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