La semana pasada, un niño de 3 años murió al recibir un disparo en la cabeza cuando se desató una balacera al interior de una iglesia en el municipio de Fresnillo, Zacatecas (en ese mismo estado, en un lapso de 5 días —del viernes 13 de mayo al martes 17— se registraron otros 18 homicidios dolosos). También la semana pasada, en Tecate, Baja California, el sacerdote de la Arquidiócesis de Tijuana, José Guadalupe Rivas Saldaña, fue asesinado junto con otra persona de manera violenta. En Jalisco, la Guardia Nacional informó que 3 de sus elementos habían perdido la vida “en cumplimiento de su deber”. Ese mismo día, López Obrador subió un video a sus redes sociales jugando beisbol para presumir que había bateado un “hit”. 

La semana pasada, el presidente habló casi 13 horas en sus conferencias de prensa, ¿qué dijo sobre estos hechos? Nada. Ni una palabra. ¿De qué sí habló el presidente de la República? El lunes, aprovechó para reafirmar que su comentario acerca de que todo es distinto porque ahora “también cuidamos a los integrantes de las bandas (del crimen organizado), son seres humanos” no había sido un desliz. Después arremetió contra la comunidad médica —que protestó por su decisión de contratar a 500 médicos cubanos para enviarlos a las comunidades más alejadas del país—, asegurando que era necesario contratar personal extranjero porque el nacional no quiere irse a trabajar a las zonas más pobres “por la formación que recibieron”.  

Acusó que “a esos mismos médicos conservadores”, que ponen por delante lo material y el individualismo, no les gusta que la salud sea gratuita “porque consideran que la salud es un privilegio” para quien puede pagarla. ¿Por qué dijo todo eso el presidente?, ¿para qué atacar a la UNAM, a los estudiantes de medicina, a los especialistas?, ¿por qué ponerse del lado de los integrantes del crimen organizado y no de las víctimas?  

A principios de nuestra era, Plutarco escribió que el polémico general Alcibíades (nacido en Atenas en el año 450 a.C.) compró un perro “celebrado de grande y hermoso” bastante caro y le cortó la cola “que era bellísima”. Sus amigos lo regañaron, le dijeron que todo el pueblo lo insultaba y hablaba mal de él por lo que le había hecho al animal. El general les contestó que eso era lo que él quería: “que los atenienses hablen de esto, para que no digan de mí cosas peores”. Así, la expresión que titula este artículo pasó a convertirse en un proverbio para referirse a las acciones de los gobernantes que indignan intencionalmente a la gente: que hablen del rabo de mi perro, pero no de mí.