Enrique Escobedo 

Un antimonumento es una obra escultórica colocada en algún punto de una ciudad donde circula un gran número de transeúntes y vehículos, se instala sin el permiso de las autoridades, pues el propósito es recordar en la memoria de la sociedad una reclamación de justicia debido a que los gobiernos no pueden o no quieren dar respuestas a las injusticias cometidas por ellos mismos, ya que en gran número de ocasiones se trata de violaciones a los Derechos Humanos, transgresiones a ley por parte del Estado, desapariciones forzadas, masacres, feminicidios y negligencias gubernamentales. Dichos antimonumentos no son colosales y pudiera ser que se les cuestione su sentido estético, pero es precisamente esa su intención, demostrar la brutalidad, lo grotesco y el autoritarismo de las atrocidades gubernamentales.  

En la Ciudad de México encontramos antimonumentos en la Plaza de las Tres Culturas con motivo de la matanza de estudiantes el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco. En avenida Reforma frente del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) encontramos otro ante lo tragedia de la guardería ABC en Hermosillo, Sonora en 2009. También en esa avenida esquina con Bucareli se aprecia otro ante lo acontecido con los 43 normalistas de Ayotzinapa en Iguala, Guerrero en 2014. En otra esquina de ese mismo cruce podemos encontrar un antimonumento debido a la negligencia del gobierno capitalino de la señora Sheinbaum por lo acontecido en la línea 12 del metro en 2021 y que ella calificó de incidente. 

Soy de la opinión que faltan varios. Por ejemplo, no debemos olvidar la represión policiaca capitalina en el New´s Divine en 2008 en el que murieron 13 jóvenes y nunca se castigó a los responsables. Falta otro antimonumento en la carretera Cuernavaca–Acapulco por el socavón en el que murieron un padre y su hijo en 2017 ante la irresponsabilidad de las autoridades de la secretaría de Comunicaciones y Transportes. Algo queda claro, esos antimonumentos no existirían si tuviésemos un Estado de Derecho, personas servidoras públicas honestas y la cultura de la legalidad.   

Lo interesante de esas representaciones es que reflejan la sed de justicia de la sociedad y la atonía irresponsable de las burocracias que esquivan sus responsabilidades y solapan la corrupción. Al paso que vamos los antimonumentos se incrementarán, pues son el triste reflejo de una sociedad reprimida que desea que sus gemidos se escuchen, ya que son de gente inocente que murió por la represión o la negligencia ocasionadas por los gobiernos del PAN, PRI, PRD y Morena. Ninguno se salva.  

Tal vez la ciudad de México no les gusta a muchos en términos estéticos. Pero tiene sus encantos. De hecho, fue la ciudad de los Palacios y mucho me temo que un día no muy lejano sea la ciudad de los antimonumentos. Que quede claro, no se tratará de un problema de estética, ni de paz visual, sino de una sociedad que demanda y reclama justicia institucional. Es una petición aún pacifica de que las instituciones del Estado responsables de la impartición de justicia trabajen eficiente y eficazmente sin que haya lugar a la corrupción y la impunidad. Me preocupa que las personas servidoras públicas de mandos superiores se empantanen y vivan en templos de lo absurdo y se arrodillen a adorar tortugas crucificadas en cruces de colmillos de elefantes.   

Ojalá la actual gestión capitalina acepte los antimonumentos que provocó y no recurra al acto fascista de desmantelarlos. Lo que debe hacer es cumplir con su trabajo y será la sociedad quien desmonte esos monumentos. Pero eso no va a suceder porque no hay sensibilidad social, ni percepción de lo importante que es un sistema de justicia expedito. Lo que les importa a los gobernantes de esta ciudad es pasar haciendo riqueza, olvidarse de sus promesas de campaña y aspirar a la candidatura de Morena a la Presidencia de la República.