En la configuración de La República de Platón se hacían necesarios aquellos individuos que ejercieran actividades apegadas a la racionalidad. De ese modo, imagínese usted, los poetas no tenían cabida en ese espacio que estaba proyectándose. Podemos decir que, en tiempos recientes, es precisamente la creatividad con el lenguaje la que hace que una comunidad tenga una existencia plena, en conjunto con sus demás componentes.
Sin embargo, existe una situación penosa que no debería ser tan ajena. Se trata de Sergio Ramírez, el escritor nicaragüense que en días pasados fue declarado enemigo del gobierno de Daniel Ortega. La relación entre estos dos personajes data de cuando ambos participaron de la “Revolución Sandinista”, en contra del poder de los Somoza.
Ahora las cosas se voltearon bien volteadas: Ortega es dictador, Ramírez es un agudo crítico a través de su literatura. El régimen orteguista lo ha condenado al ostracismo, a tal grado que su nueva novela está prohibida en Nicaragua y se emitió el “DECRETO PRESIDENCIAL No. 17-2021” que establece que ningún gobierno del mundo, u organización internacional, pueden concederle un reconocimiento a cualquier ciudadano nicaragüense sin el beneplácito del dictador. Esto, en el caso del escritor, significa nunca.
España es ahora la patria de acogida de Sergio Ramírez y, “a contracorriente” del antes citado decreto, el Círculo de Bellas Artes de Madrid le concedió su Medalla de Oro. Esto puede entenderse como un desafío a Ortega. Muy diferente a como ha pasado aquí: escudándose en la diplomacia, el Gobierno de México se ha abstenido de tomar una postura clara que demuestre realmente su compromiso en la salvaguardia universal de los derechos humanos. Para no ofender a un régimen enceguecido de poder ni siquiera se le ofreció asilo al escritor, a diferencia de lo que hemos visto en este sexenio con otros individuos (más cercanos a la ideología del partido oficial).
En 1963, Sergio Ramírez escribió un cuento sobre un país donde el presidente pierde el poder porque el régimen que impone es tan asfixiante que la gente simplemente termina abandonando cualquier interés por la política: los partidos se desintegran, los militares piden su baja, todos los funcionarios renuncian y las personas se dedican a trabajar. Al final, en el gobierno sólo queda un hombre “chiquito y amanerado”, con una banda presidencial llena de polvo, al que nadie hace ningún caso.
En tiempos turbios, las pequeñas acciones son sumamente significativas (más cuando se trata de defender las libertades o denunciar atrocidades) y, acompañadas por la imaginación, se convierten en un desafío infalible contra la ceguera autoritaria.













