Por Rubén D. Arvizu*
La historia de la humanidad es, en gran medida, el relato de nuestra perpetua aceptación del engaño. Desde los albores de la civilización, hemos sido susceptibles a la superchería y al pensamiento mágico. Las pócimas milagrosas que prometían la inmortalidad en la antigüedad, o los «elixires cura-todo» que inundaron las boticas y —aún más icónico— las plazas de los pueblos del viejo oeste americano en el siglo XIX, vendidos por charlatanes ambulantes en carros de caballos —prometiendo curar desde la melancolía hasta el reuma con una mezcla de opio y alcohol—, no son más que síntomas de un mismo mal: el anhelo humano de encontrar soluciones rápidas y fáciles a problemas complejos, y la disposición de creer ciegamente en quien las ofrece.
La credulidad no es nueva; lo que ha cambiado radicalmente es la escala y la potencia de las herramientas utilizadas para explotarla.
Durante siglos, el avance tecnológico ha sido visto como una promesa de progreso y bienestar. La energía atómica, por ejemplo, es una tecnología de doble filo. Mientras que su aplicación en física atómica, en la generación de fuentes limpias o en tratamientos médicos ha tenido un avance minoritario, casi el 90% de su desarrollo y aplicación real ha estado enfocado para matar y aniquilar, convirtiéndose en el arma de destrucción masiva capaz de poner fin con la humanidad. La diferencia no reside en la energía misma, sino en el raciocinio, la ética y la honestidad con la que se decide aplicar.
Incluso productos de consumo popular y cotidiano tienen un pasado no muy limpio. El refresco más famoso del mundo, la Coca-Cola, fue formulado originalmente con cocaína y cafeína —de ahí su nombre- y promovido ampliamente a finales del siglo XIX y principios del XX como una Solución superior para levantar el ánimo, el mejor tónico para el cerebro y los nervios.
Hoy, nos encontramos ante una encrucijada similar con la Inteligencia Artificial (IA). Visionarios de la literatura y el cine futurista llevan muchas décadas alertándonos de los dos caminos: el potencial de una herramienta que enriquezca nuestras vidas, o el peligro de sistemas que se salen de control.
Sin embargo, el problema inmediato al que nos enfrentamos no es la IA por sí misma, sino la ambición desmedida de quienes la están desarrollando y controlando. Cuando escuchamos hablar, casi incoherentemente, a estos líderes tecnológicos —inmersos en una burbuja de poder, pero sin un verdadero raciocinio ético o humanista—, la conclusión es para aterrarnos. Peor aún es su asociación con los poderes políticos corruptos que operan bajo lógicas igualmente desmedidas y criminales.
Los ejemplos están a la vista. Anthropic y OpenAI revelaron que sus modelos de inteligencia artificial en fase de prueba lograron hackear sistemas e introducirse en varias empresas, sin ninguna supervisión humana. O el “error” de Google Earth al agregar IA para manipular imágenes y superponerlas en mapas satelitales, creando desde cráteres de bombas hasta tanques militares luchando en el puente Golden Gate de San Francisco. Las protestas no se hicieron esperar, obligando a la compañía a dar marcha atrás ante el inminente riesgo de causar una enorme desinformación.
La consecuencia de esta alianza negativa entre ambición tecnológica y poder político sin escrúpulos está a la vista: una sociedad cada vez más desorientada. Crece la desconfianza hasta dudar de casi todo lo que se ve, lee o escucha por los espejismos digitales que estos sistemas fabrican en forma casi instantánea.
Vivimos un momento extremadamente peligroso donde la realidad compartida se desmorona, no por arte de magia, sino por la ingeniería del engaño a escala industrial.
*Rubén D. Arvizu, escritor y ambientalista. Director para América Latina de Ocean Futures Society y asociado de la Nuclear Age Peace Foundation.