Por Rubén D. Arvizu
Han pasado casi cuatro años desde el 24 de febrero de 2022, el día en que comenzó la invasión rusa a Ucrania y el cielo de esa nación se llenó de misiles, rompiendo algo irreparable en el mundo. Hoy, en pleno enero de 2026, el dolor no solo no ha cesado, sino que se ha vuelto crónico, helado y cotidiano. Tras la casi aniquilación de ciudades como Mariúpol, Bucha, Irpín y Severodonetsk —borradas del mapa por constantes bombardeos—, y bajo el continuo sufrimiento de Jersón, Járkov, Sumy, Dnipro, Zaporiyia y el importante puerto de Odesa, todo el país vive bajo el sonido permanente de estridentes sirenas, explosiones y derrumbes de hogares, escuelas, centros comerciales, hospitales y los drones que zumban como mosquitos mortíferos.
Multitud de hogares carecen de electricidad, sin acceso a calefacción y sin la certeza de que mañana volverá a amanecer. Niños que ya no preguntan por qué llueve fuego, sino por qué no hay luz. Ancianos que mueren de frío antes que de hambre. Familias que entierran a sus muertos en patios helados porque los cementerios están saturados o se encuentran en lugares demasiado peligrosos para ir a sepultarlos. Detrás de cada cifra se encuentran nombres, rostros, sueños interrumpidos: madres que dan a luz en sótanos bajo bombardeos, maestros que continúan impartiendo clases en refugios improvisados, artistas que pintan murales en las ruinas como una forma de decir “aquí estuvimos”.
Ese enorme tejido humano es lo que más se pierde cuando el horror se convierte en rutina. Y, sin embargo, el valeroso pueblo ucraniano sigue luchando, en pie. No porque sea invencible, sino porque ha decidido que rendirse no es una opción cuando el enemigo quiere borrar su existencia. Cada ventana que es cubierta con cinta adhesiva, cada generador que ronronea afanosamente en un sótano, cada mensaje de «aún estamos vivos» que llega a través de redes improvisadas, es un acto de resistencia que el mundo debería contemplar con más asombro y menos insensibilidad.
Cinco años después, lo que lacera no es solo la guerra, sino la normalización del horror, la creciente indiferencia y el simple desconocimiento por una gran mayoría de los horrores que siguen ocurriendo en Ucrania. El gobierno de Putin, con la asistencia de fuerzas norcoreanas, continúa bombardeando ciudades, hospitales, escuelas y plantas de electricidad, y eso se ha convertido en «noticias de segunda plana». Se ha llegado al punto de que el sufrimiento de millones se ha vuelto una simple estadística: «X muertos esta noche», «X % de la infraestructura destruida». El invierno es una terrible arma de guerra y el frío, un asesino silencioso que no se condena con la misma fuerza que los misiles.
Lo más grave es que esta indiferencia no es negligencia, sino complacencia. Nos permite continuar con nuestras vidas mientras el sufrimiento ajeno se convierte en ruido de fondo, en algo que “pasa allá lejos”. Pero ese “allá lejos” es en nuestro propio planeta, esta minúscula Tierra que gira en la inmensidad del espacio sideral, donde no hay fronteras que separen el dolor de unos del silencio de otros.
Tenemos una deuda que no es sólo de textos en medios sociales, «me gusta» o hashtags, sino de memoria activa, de presión real, de no permitir que el horror se normalice. Porque, si Ucrania cae en el olvido, no solo será su derrota, sino también la nuestra.
En estos días de un invierno brutal, en los que el aire gélido se cuela por las rendijas y las sirenas suenan como irregulares palpitaciones del corazón, esa nación nos recuerda algo esencial: la dignidad humana no se mide en kilovatios ni en grados Celsius. Se mide en la capacidad de seguir diciendo «aquí sigo» cuando todo conspira para destruirte. Que las sirenas que ellos oyen en la oscuridad nos despierten a todos. Que sus sufrimientos nos hagan recordar que la energía no es un lujo, sino un derecho. Y que la paz no llega por sí sola: se defiende, se exige y se construye con las manos temblorosas, pero firmes, de quienes se niegan a claudicar y desaparecer.
















