Poca gente tiene dudas a estas alturas sobre el papel de la ciencia en la crisis pandémica. Fue la ciencia quien advirtió al mundo sobre el coronavirus, con resultados nefastos para el médico de Wuhan que tuvo la osadía de decir la verdad en el primer minuto.

Es la ciencia la que está siguiendo la evolución del contagio, hasta donde se lo permiten los deficientes datos oficiales, y la que ha recomendado a los Gobiernos las extraordinarias medidas de confinamiento que ahora se propagan por el planeta como fuego por la paja.

Fue la que previno contra la saturación de las unidades de cuidados intensivos, la que está ensayando bajo presión fármacos y cócteles antivirales, la que advierte sobre la preocupante situación de África, la que está investigando en antivirales y vacunas. Ese es el papel de la ciencia.

Otra cosa es el lugar de la ciencia. Los Gobiernos tienen la obligación de apoyarse en ella, pero al final son ellos quienes tienen que tomar las decisiones cruciales.

Ningún científico puede ordenar el confinamiento de la población, ni decretar dónde está el punto exacto de equilibrio entre la contención del virus y los evidentes daños económicos y sociales que provoca el cese de la actividad productiva.