• López ha destruido todo a su paso, y el último bastión de resistencia patriótica es la SCJN, que el aprendiz de dictador anhela convertir en un instrumento del Poder Ejecutivo 

Elena Cárdenas  

Andrés Manuel López Obrador nunca pierde y cuando lo hace, arrebata, seguramente es resultado de su naturaleza perversa de mal perdedor. Su propio padre reveló que: “…no se le podía decir nada, ni regañarlo, porque se trababa”, (Enrique Krauze, «El mesías tropical»). Sus amigos aseguraban que cuando peleaba y ganaba salía con una sonrisita burlona, imagino que la misma que esbozó cuando se mofó de las masacres en México: “¡ahí están las masacres!”, dijo, y se río socarronamente, sin un solo atisbo de humanidad. López ha destruido todo a su paso, y el último bastión de resistencia patriótica es la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), que el aprendiz de dictador anhela convertir en un instrumento del Poder Ejecutivo, como lo hizo en 2004 el presidente venezolano Hugo Chávez, a quien el tabasqueño le robó las frases: “ya no me pertenezco” y “amor con amor se paga”. 

Sin embargo, más allá de que el gobierno de Andrés Manuel sea un galimatías de frases e ideas robadas a dictadores, presidentes con clara tendencia socialista o secretarios de propaganda, existe el riesgo latente de que, en su locura, en su estado crítico de animal herido, realmente quiera desaparecer a la SCJN como lo hizo Hugo Chávez con el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela. 

El amenazante Plan C de López tiene antecedentes en la “maniobra” que el presidente venezolano hizo para controlar los poderes, por supuesto luego de sobornar al ejército e incorporarlo al gobierno, ¿les suena eso?, éste es el momento en que debo escribir: quienes no conocen la historia están condenados a repetirla. 

Tras el intento de golpe de Estado en 2002, Hugo Chávez sintió, como ahora lo siente Andrés Manuel, la enorme necesidad de controlar hasta el último hilo del gobierno y la sociedad civil: todos los poderes, todos los medios de comunicación y todas las conciencias. Lo que no pudo tomar a la buena lo tomó a la mala, la ley no tuvo valor alguno para él, le estorbaba, igual que le estorba a López Obrador. 

La expedición de la Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia venezolano permitió a Chávez hacer una maniobra burda que le resultó positiva para sus fines controladores. Como muchos magistrados se oponían a sus caprichos y peticiones fuera de la legalidad, aumentó de 20 a 32 el número de juzgadores supremos, los cuales fueron electos, ¿por quién cree usted?, ¡sí!, por el pueblo, representado en la Asamblea Nacional dominada por el partido en el poder. Esto es el antecedente gansteril del Plan C de AMLO. 

¿El pueblo debe elegir a los ministros en México?, ¡no!, ¿el pueblo tenía capacidad técnica, estructural, pericial o jurídica para votar la cancelación del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México?, ¡no!, no podemos dejar el destino del país en decisiones del pueblo, primero porque no son especialistas en la materia de la que se les consulta, y segundo, la más importante, porque para eso el pueblo elige a sus gobernantes y a sus representantes, aunque muchos de ellos sean ignorantes y corruptos, pero esa es otra historia que deberá contarse. 

Asamblea Nacional…

Andrés Manuel López Obrador pretende formar una Asamblea Nacional, a la cual, por supuesto, le dará otro nombre, como ha ocurrido con cada idea que se ha robado, pero que tendrá el mismo objetivo, avalar sus caprichos. Pretende que el pueblo sea Fuente Ovejuna, para que, cuando alguien quiera culparlo por llevarnos al filo del abismo o al abismo mismo, él se lave las manos, como lo hace siempre, y diga que fue el pueblo quien decidió. 

¿Por qué siempre insisto en la necesidad de conocer la historia e involucrarse en política?, porque lo que nos ocurre ya pasó en cada país que ha vivido muchos años de dictadura, por supuesto no empezaron como dictadores, empezaron como Andrés Manuel y acabaron siendo millonarios con un pueblo pobre, sometido, perseguido jurídica y hacendariamente, con sus instituciones destruidas y con el enorme reto de poder sobrevivir, a veces, a costa de su dignidad.  

En 2010, con un gobierno debilitado por las manifestaciones de rechazo, la pobreza en aumento, las promesas no cumplidas y los proyectos fracasados, Hugo Chávez se apresuró a que el pueblo, representado en la Asamblea Nacional, nombrara a nuevos magistrados antes de que empezara el nuevo periodo legislativo que amenazaba con arrasar con el partido en el poder, porque allá la oposición si se puso las pilas y no se quedó papando moscas como en nuestro país. Por supuesto la elección de magistrados garantizó que éstos estarían alineados al gobierno. 

En México, desde el 2000, sin pronunciarse, el entonces candidato a la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal, la ciudad más grande del continente, Andrés Manuel López Obrador, vio con simpatía las políticas públicas instrumentadas por el presidente venezolano quien, apoyado por los integrantes del Foro de São Paulo, hizo realidad la política de éste de alcanzar el poder mediante los medios democráticos; sin embargo, una vez que ganó comenzó el debilitamiento de las instituciones, la ausencia de transparencia y rendición de cuentas, y la ruptura del Estado de Derecho. 

En los gobiernos catalogados como dictaduras, algunas autoritarias como la de Augusto Pinochet, y otras totalitarias, como la de Hugo Chávez, Fidel Castro o Anastasio Somoza, las instituciones fueron violadas y el sometimiento y la opresión de los ciudadanos estuvo siempre apoyado por una estructura política, militar, hacendaria y asistencialista, en la que quizá ganó el discurso, pero en la teoría se demostró que no sirven por la flagrante violación al Estado de Derecho. 

Reforma electoral

El pasado lunes 8, mientras comía en un restaurante, vi en televisión que la SCJN invalidó la primera parte de la polémica reforma electoral de Andrés Manuel. Mi primera reacción fue de euforia, tremenda euforia que sonrojó a mi acompañante por el grito que pegué; sin embargo, esa euforia se tornó en tristeza cuando vi que nadie festejaba ese triunfo, ningún comensal prestó atención a la noticia, dos o tres cuchicheaban sobre mi comportamiento y la pena del pobre hombre que comía conmigo. Descubrí que la gente puede celebrar eufóricamente un gol, pero no un triunfo jurídico y democrático, y entendí que de seguir así estamos condenados a que nos gobiernen hombres que tardaron 14 años en titularse, que tuvieron promedio de 7.2 de calificación, que reprobaron y pasaron en extraordinarios, que jamás siguieron preparándose; hombres cuyos familiares se enriquecen cínicamente al amparo del sistema, todo delante de nuestros ojos. 

La mañana del martes 9, visiblemente molesto, el presidente arremetió contra la SCJN y aseguró que el poder judicial está podrido, por supuesto ni siquiera reflexionó que la verdadera pudrición es tener una ministra que plagió sus tesis de licenciatura y doctorado, cuyo poder y el de su esposo, José María Riobóo, lograron que el mismo martes 9, Ernestina Godoy, Fiscal “carnala” General de “Justicia” de la Ciudad de México librara orden de aprehensión contra la nuera de éste por el delito de homicidio, porque, fíjese nada más el argumento, como esposa, estaba obligada a alimentar sanamente a su esposo y no lo hizo. 

Existe una triste historia en la que también prevaleció la impunidad en la vida de Andrés Manuel, iracundo como era, contó un ex compañero de primaria, luego de que su compañero José Ángel León le ganara jugando béisbol, López Obrador le lanzó cobardemente un pelotazo en la espalda que dejó paralítico a José Ángel para siempre. El presidente es un animal herido que puede lanzar un pelotazo a la Ministra Norma Piña, una mujer que ha tenido el valor patriótico y el profesionalismo jurídico que un país como el nuestro, que va camino al desfiladero, necesita. La SCJN es el último resquicio de legalidad que tenemos ante un aprendiz de dictador que cuando no gana arrebata.