• Pantallas fragmentan la atención y afectan aprendizaje y convivencia escolar

Carlos Lara Moreno

La batalla por la atención de niñas, niños y adolescentes ya entró a los salones de clases. Celulares, redes sociales y plataformas digitales interrumpen la concentración, alimentan la necesidad de respuestas inmediatas y plantean nuevos desafíos para el aprendizaje, el pensamiento crítico y la convivencia, advirtieron autoridades educativas, especialistas y docentes.

El secretario de Educación Pública, Mario Delgado Carrillo, alertó que las pantallas se han convertido en competidoras directas de los maestros por la atención de los estudiantes y aseguró que sus efectos ya forman parte de los problemas cotidianos que deben resolver las escuelas.

“Hoy la conversación cruza la puerta del aula, porque ahí es donde estos fenómenos ocurren y es el maestro, es la maestra, la que tiene que resolverlos”, afirmó.

Durante su participación en la conferencia presidencial, el titular de la Secretaría de Educación Pública (SEP) sostuvo que uno de los mayores desafíos consiste en recuperar la concentración de los estudiantes en un entorno marcado por dispositivos móviles, redes sociales y estímulos permanentes.

“El reto es, cuando una escuela, un aula tiene celulares o incluso sin ellos en el salón, sostener la atención de los niños y de las niñas”, señaló.

Delgado advirtió además sobre el avance de una cultura de la “inmediatez digital”, que modifica la forma en que los estudiantes buscan información y se aproximan al conocimiento.

“Ahora los niños quieren tener todo muy rápido, de manera automática, sin investigar, sin pasar tiempo buscando la información”, expuso.

Una notificación cada cuatro minutos

Para dimensionar el problema, Delgado presentó cifras correspondientes a Estados Unidos —aclaró que no son estadísticas mexicanas— según las cuales los menores reciben en promedio 237 notificaciones al día y 23 por ciento de ellas llegan durante el horario escolar.

“Esto quiere decir que le llega una notificación cada cuatro minutos”, destacó.

El secretario agregó que, según un estudio de la UNESCO citado durante su exposición, después de una interrupción digital una persona puede necesitar hasta 20 minutos para recuperar plenamente la concentración.

“Cuando recibes una notificación te tardas hasta 20 minutos en poder otra vez concentrarte, en poner atención, en regresar al tema que estabas atendiendo”, explicó.

El impacto de las tecnologías, agregó, trasciende la distracción. Las escuelas enfrentan también conflictos derivados de las redes sociales, como el ciberbullying, además de fenómenos relacionados con la ansiedad entre niñas, niños y adolescentes.

“No podemos dejar solos a los maestros y tenemos que ir todos encaminados a lograr la atención, la concentración de los niños”, sostuvo.

Inmediatez amenaza pensamiento crítico

Desde el ámbito académico, Yareni Annalie Domínguez Delgado, pedagoga y doctora en Pedagogía por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), advirtió que el problema no consiste únicamente en cuánto tiempo permanecen los estudiantes frente a una pantalla, sino en cómo el entorno digital está modificando sus procesos de atención y reflexión.

“La inmediatez digital ha estado desplazando nuestro foco de atención poco a poco, la atención profunda sostenida hacia una atención fragmentada”, señaló.

La especialista explicó que el pensamiento crítico necesita tiempo: procesar información, establecer relaciones, cuestionar, contrastar y evaluar. Las dinámicas digitales, en cambio, acostumbran al usuario a desplazarse rápidamente entre estímulos y esperar respuestas prácticamente instantáneas.

“Pasamos de algo lento, reflexivo, que tenga pausas, a algo que queremos cada vez más rápido, eficiente y de manera inmediata”, alertó.

Esta dinámica puede reducir también la tolerancia a la frustración, pese a que enfrentar dificultades, equivocarse y dedicar tiempo a encontrar respuestas forman parte del aprendizaje.

Para Domínguez Delgado, la solución no consiste en que las escuelas intenten ganarle a las plataformas en velocidad o estímulos.

“El reto de nuestras escuelas no es competir con la velocidad de las pantallas, sino recuperar estos espacios para la pausa, para la atención, para los vínculos y, sobre todo, el pensamiento profundo”, afirmó.

El desafío de los algoritmos y la desinformación

La especialista de la UNAM planteó además que la educación digital debe superar el aprendizaje técnico sobre dispositivos y aplicaciones para avanzar hacia una formación mediática crítica.

El objetivo, explicó, debe ser que los estudiantes puedan identificar desinformación, reconocer sesgos, evaluar los contenidos que reciben y conservar capacidad de decisión frente a plataformas y algoritmos diseñados, entre otras cosas, para capturar y prolongar su atención.

“Vale la pena preguntarnos qué podemos hacer como escuela, cómo podemos diseñar espacios en los cuales todavía sea posible la escucha atenta, activa, el tiempo de espera, la pausa y, sobre todo, este cuidado”, expuso.

Domínguez Delgado resumió la respuesta educativa en tres dimensiones: resistencia, cuidado y comunidad. La primera implica recuperar atención, diálogo, pausas y reflexión; la segunda, formar ciudadanos capaces de evaluar críticamente la información; y la tercera, reconstruir relaciones humanas frente a la creciente intermediación tecnológica.

“La escuela puede ser este espacio para construir sociedades más justas, donde el vínculo humano puede estar por encima de los algoritmos y de estas métricas”, sostuvo.

Maestros observan cansancio, frustración y bajo desempeño

Los efectos ya son visibles frente al pizarrón, aseguró Sandra Ortega Rivero, licenciada en Educación Primaria y profesora con cerca de 30 años de servicio.

“Hoy en día el uso excesivo de esas pantallas ha ido afectando, porque yo he observado en algunos niños que llegan cansados, con poca concentración y, por lo tanto, hay un bajo desempeño escolar”, afirmó.

La maestra señaló que antes de la pandemia observaba una participación más activa de los estudiantes en la búsqueda del conocimiento.

“Antes de la pandemia el aprendizaje era toda una aventura donde las niñas y los niños preguntaban, investigaban, consultaban los libros de texto y también había esa participación más activa”, recordó.

Actualmente, dijo, algunos menores presentan dificultades para mantener la atención y tolerar actividades que no ofrecen una recompensa inmediata.

“Se les da esa actividad y, si no es de su agrado o de su interés, pues obviamente se frustran”, explicó.

Ortega Rivero identificó además efectos que van más allá del desempeño académico: menor comunicación entre estudiantes y debilitamiento de la convivencia familiar.
Tecnología sí, pero bajo supervisión

La profesora rechazó que los dispositivos deban considerarse enemigos de la educación. Bien utilizados, sostuvo, pueden complementar el aprendizaje mediante videos, enlaces, códigos QR y otros materiales.

La diferencia está en el propósito pedagógico y el acompañamiento.

El maestro, explicó, debe conducir al alumno a preguntarse “qué es lo que viste, qué escuchaste, qué entendiste”, para comprobar que el contenido digital se traduzca efectivamente en aprendizaje.

El riesgo aumenta cuando los menores navegan sin límites ni acompañamiento.

“Si no existe una regulación y ninguna supervisión, ¿qué va a pasar con los niños? Van a empezar a ver más contenidos”, advirtió.

Por ello, consideró que la regulación de las tecnologías no puede descansar exclusivamente en las escuelas. Familias, docentes, estudiantes e instituciones deben establecer acuerdos de acuerdo con las necesidades de cada comunidad.

“Tenemos que trabajar de manera colaborativa con las niñas y con los niños y también con los docentes, y dentro de esto también la familia para poder establecer acuerdos considerando las necesidades y la realidad en cada comunidad”, indicó.

El aula frente a las pantallas

Las tres perspectivas coinciden en un punto: el desafío no se reduce a retirar celulares del salón, sino a recuperar la capacidad de concentrarse, dialogar, cuestionar información y convivir.

“No buscamos únicamente apagar pantallas, sino recuperar estos vínculos, estos espacios y esta presencia humana”, puntualizó Domínguez Delgado.

Mario Delgado defendió, en ese sentido, el papel del aula como un espacio que las plataformas digitales no pueden reemplazar.

“Hay que cuidar ese extraordinario espacio, el aula, donde ocurre algo que ninguna pantalla puede sustituir: el encuentro para el aprendizaje, que para la Nueva Escuela Mexicana sigue siendo profundamente humano”, afirmó.

Desde su experiencia de casi tres décadas frente a grupo, Sandra Ortega resumió el desafío en términos similares.
“Uno de los grandes desafíos de nuestra época es regalarles a nuestras niñas y niños algo que ninguna pestaña puede ofrecerles: el tiempo para mirar a los otros, conversar, descubrir y aprender sin prisa”.

“La escuela debe continuar siendo ese lugar”, remató.