Enrique Escobedo

Tal vez el magnífico cuento de Carlos Monsiváis ejemplifique que las simulaciones y los pretextos pueden ser ironizados: “Erase un niño que asesinó a sus padres. Después pidió clemencia al juez porque era huérfano”.

Lo anterior lo cito porque lo que la señora Claudia Sheinbaum me recuerda al niño del cuento de Monsiváis. En su desesperada y desaseada ambición por satisfacer en todo al presidente y consecuentemente ser la ungida del partido Morena comete atropellos a la ley electoral, descuida su responsabilidad como jefa de gobierno y ahora dispone de seis mil elementos de la Guardia Nacional con el pretexto de evitar sabotajes en el metro. Después acude al Colegio Rébsamen y pide perdón y a los padres de familia.

Sus esfuerzos por ser la candidata presidencial de su partido político la han llevado a ser una persona simuladora y finge ser lo que no es. Tiende a enmascararse metafóricamente y mostrarse agradable, capaz, inteligente y atenta. Su discurso son excusas que pueden ser verdaderas o falsas, pero ya quedó claro que sus argumentaciones intentan explicar y/o justificar fallas, errores y responsabilidades.

Las cualidades que ella nos quiere mostrar en el plano político, tales como ser una apasionada luchadora social, responsable y comprometida quedan en entredicho por la forma que en los hechos gobernó la alcaldía de Tlalpan y ahora la ciudad de México. Lo que vemos es un descontrol, descuido y olvido de sus responsabilidades. Es cierto que un gobernador o un alcalde en nuestro país tiene presupuestos limitados, debe recargarse en muchos programas federales y sus márgenes jurídicos de gobernar acotados.  Ella ha delegado en su equipo espacios de maniobrabilidad a fin de que ejecuten sus funciones eficiente y eficazmente, mientras que ella se dedica a hacer política y precampaña electoral en el territorio nacional. Sin embargo, no todo su equipo ha demostrado ser lo suficientemente competente. Así lo demuestran los hechos.

El ejemplo de Metro es emblemático. Todo indica que los recursos destinados al mantenimiento preventivo y correctivo se desvían de alguna manera y acaban en los gastos de su precampaña. Es cierto que no lo puedo demostrar, pero hay sospechas fundadas al respecto. También se observa ese diagnóstico en el resto del transporte colectivo de la ciudad de México. 

Las calles y avenidas de la capital están llenas de baches y de chipotes. Ahí observamos y padecemos ese conflicto entre las alcaldías y la centralización respecto a quien corresponde la atención a las avenidas, calles y banquetas. El resultado es un mazacote que acaba en la falta de oportunidad de atención al ciudadano.

Respecto a los servicios de limpia me queda claro el esfuerzo que hombres y mujeres realizan todos los días a fin de tener y mantener limpia a la ciudad, también es visible que son insuficientes los recursos materiales que se les proporcionan a esas personas y de ahí que sus labores son limitadas. Lo interesante del caso es que, en efecto, la ciudadanía no ayuda como debiera a fin de no tirar basura en la calle. Y es que el circulo vicioso podría romperse si se emprendiera una campaña de no tirar basura, poner botes en las esquinas y multar a quien arroje desperdicios a la calle.

La seguridad pública sigue siendo el talón de Aquiles de este gobierno, ya sea en el ámbito federal, como en el local. La percepción de inseguridad sigue creciendo, aunque ella sostenga que ha disminuido el crimen. Es claro que la sensación no desaparece y el hecho de que ella esté en campaña los fines de semana, aunque ahora lo haga por videoconferencias, son un claro ejemplo de no saber priorizar los problemas de la capital de la República.

Ahora pide clemencia a los padres de familia de la escuela Rébsamen, militariza las estaciones del metro y pule su imagen de estar preocupada por los asuntos ciudadanos. Pero ya no le creo. Ella es como el niño del cuento de Monsiváis. Una representación irónica y una gesticuladora repleta de excusas por no saber hacer bien su trabajo.