Enrique Escobedo

Durante siglos se concibió la idea de que la primera responsabilidad de los gobernantes debía ser la impartición de justicia cuando hubiese querellas sociales entre dos personas o familias o cuando había desavenencias comerciales entre productores y consumidores, de ahí que un rey o un príncipe que tuviese más o menos un poco de sentido común era calificado como un buen gobernante. Lo cual significaba que ese rey o soberano tenía, además de lo anterior, otras cuatro funciones: a); proteger y defender a sus habitantes y a sus tierras a fin de que su pueblo no fuese sometido en esclavitud y perder sus posesiones; b) hacer la guerra a fin de lograr que las tierras conquistadas les enviasen tributos; c) mantener buenas relaciones con los sacerdotes con el propósito de que los dioses fueran benevolentes con el clima y, d) proteger a la población de los ladrones. Así ocurrió desde la edad antigua en Mesopotamia, Egipto y Roma, también durante el medievo hasta el siglo XVIII o “Siglo de las Luces” cuando los enciclopedistas determinaron ampliar las responsabilidades de los reyes. En otras palabras, se trataba de preservar las cinco atribuciones arriba señaladas y ahora se agregaba la calidad de vida de los habitantes. Dichas ideas desembocaron en la Revolución Francesa de 1789, hace apenas 235 y con ella nació la figura del Estado como lo conocemos. Consecuentemente, las atribuciones del Estado quedaron tipificadas en dos principios proteger y defender y en dos fines mitigar la escasez y mitigar el conflicto social.    

Desde entonces las naciones han oscilado básicamente en dos formas de gobierno: repúblicas o monarquías constitucionales, pero no cambian los principios, ni los fines del Estado. México adoptó la forma de república federal y su gobierno debe protegernos de enemigos externos e internos. Los externos mediante las fuerzas armadas y los internos con las corporaciones policiacas a fin cuidarnos de los delincuentes y del crimen organizado.

Dichas corporaciones policiacas deben actuar mediante las funciones de prevenir y corregir. La primera función la hace con base en los servicios de inteligencia y la segunda mediante el cuidado del orden público y la aplicación de la ley. Para lo cual despliega tres actividades: disuasión, persuasión y represión de ser el caso.

Sin embargo, con la actual gestión del presidente López Obrador arribamos al surrealismo de la irresponsabilidad e implementó la absurda decisión de “abrazos y no balazos”. Léase a la delincuencia hay que arroparla, lo cual ya se comprobó es, además de ser una de las frases más inconscientes y pusilánimes, un absurdo en materia de seguridad pública. Las consecuencias no se hicieron esperar y el crimen organizado creció y en la desesperación la iglesia católica decidió actuar con el fin de apaciguar la violencia desatada. Lo increíble del caso es que ante tal situación el discurso del tabasqueño fue la de felicitar la iniciativa y finalmente reconoció que la paz pública es un asunto del Estado. Pero de ahí no pasó y por lo visto todo seguirá igual.

Cuando alguien aspira a ser presidente le debe quedar claro que en su gestión enfrentará situaciones escabrosas y que el remedio deberá estar a la altura de las circunstancias. Si a ese político le da miedo y se achica tomar decisiones de Estado, queda claro que se trató de un gobernante mediocre y gris. Hoy la población mexicana vive en ciudades donde el crimen organizado gobierna. Léase, realiza servicios públicos, las pandillas son las que protegen las plazas de otros grupos gansteriles, cobran “impuestos” mediante el uso del suelo, se apropian de las carreteras, venden drogas impunemente y crean adicciones entre los jóvenes. La primera responsabilidad del Estado es la protección y la actual gestión sólo se preocupa por mantenerse en el poder con el propósito de desplegar políticas asistencialistas de sumisión y ciega obediencia. Todo indica, pues son sospechas fundadas, de que hay un contubernio entre la actual clase gobernante y los carteles de la droga, con lo cual el resultado ya se avizora, México será el de un Estado fallido.