Elena Cárdenas
Escuché de la escritora e historiadora Ángeles Magdaleno que la pobreza es la peor de las violencias. Históricamente, los pobres han servido a los regímenes populistas como carne de cañón, los usan, como lo declaró el propio Andrés Manuel López Obrador, como estrategia política para afianzar el ejército del pueblo bueno, ese al que jamás sacan de pobre y, por el contrario, aumentan en número. En lo que va del sexenio, la población en situación de pobreza aumentó 3.8 millones, mientras que la gente en pobreza extrema incrementó 2.1 millones. Las cifras revelan que los programas sociales no eliminarán la pobreza, pero generarán un grave daño social por su política paternalista.
¿Por qué negarle a un pobre el legítimo derecho de aspirar a salir de ese estado?, contrario a lo que debería hacer un líder, Andrés Manuel López Obrador ha conminado a la gente a vivir con un par de zapatos, ha criticado a los aspiracionistas e incluso, satanizado a aquellos que desean formarse en el extranjero, mientras él, sus hijos y sus colaboradores cercanos disfrutan de riquezas aun no explicadas.
El presidente ha confrontado a una sociedad marginada contra la que ha logrado romper la barrera de la pobreza, haciéndoles creer que ésta última es la responsable de todos sus males. Desde hace muchas décadas los números nos han demostrado que la mayoría de los gobiernos de izquierda no han terminado con la pobreza, por el contrario, han aumentado el número de pobres, castigándolos con malos servicios de salud, deficientes sistemas educativos, nulo acceso a la justicia, que genera impunidad, y pocas oportunidades de empleos.
Los programas sociales no son más que aparatos populistas que garantizan el voto para quienes los aplican. Muchos hemos escuchado, en tiempos de campaña, que la gente teme que cambiando de gobierno se pierdan los beneficios ganados, sin siquiera reflexionar que esas dádivas no los sacarán de la pobreza.
Las “becas” no son más que una trampa demagógica en la que los que los grupos vulnerables caen. Nada es más seguro que un empleo permanente que devuelve la dignidad a cualquiera, los jóvenes no necesitan becas, necesitan trabajos bien remunerados; las madres solteras necesitan seguridad social, empleo y justicia aplicada correctamente contra los deudores de pensiones alimenticias.
¿De qué le sirve una pensión a una madre soltera cuando perdió el servicio de las escuelas de tiempo completo, las guarderías, el servicio médico y el acceso pleno a la justicia?, el dinero que reciben se les va en pagar todos esos servicios que perdieron, y se vuelve todo un círculo vicioso de dependencia gubernamental paternalista.
¿A qué se refería en realidad Andrés Manuel con su frase “primero los pobres”? ¿en que serían los primeros aniquilados?, quienes eran pobres al inicio del presente sexenio pasaron a las filas de extrema pobreza y cuando el número de pobres siga en aumento, los de extrema pobreza pasarán al plano lumpen en el que de verdad no tendrán acceso a nada, solo a lo que el gobierno les quiera “arrojar”, no por caridad, sino por estrategia política.
México es un país con profundas diferencias, con una enorme brecha de desigualdad, los pobres son muy pobres y los pocos ricos muy ricos. Los pobres no necesitan dádivas disfrazadas de apoyos o becas, necesitan oportunidades de empleo y crecimiento, a fin de lograr un cambio social que, por supuesto, no servirá como voto cautivo, pero devolverá al país la dignidad de esa raza de la que venimos, aspiracionista, aunque no le guste al presidente.
Los líderes populistas, como López Obrador, injurian, calumnian y desdeñan a las instituciones porque les estorban para sus fines políticos, fincan sus gobiernos en el resentimiento de la clase pobre, un resentimiento por supuesto justificable, porque son los más dañados por las malas administraciones. Escuché en una ocasión, de boca de un inocente detenido, que pasó dos años en prisión y finalmente fue exonerado, que el comandante que lo detuvo le dijo: “mira cabrón, en la cárcel solo están los pobres y los pendejos, ¿de cuál quieres ser tú?” Ese comandante le había pedido un auto como pago para dejarlo libre y no inculparlo y mandarlo a prisión, ante la negativa, el hombre inocente fue encarcelado y gastó todo por lo que había trabajado muy duro, por defenderse ante un sistema judicial que no deja de ser corrupto.
Cuantos pobres no han perdido absolutamente todo porque no pueden pagar un servicio médico, ya no se diga de calidad; o han dejado de enviar a sus hijos a la escuela porque no tienen dinero para comida, transporte y libros. Esos pobres que fueron agraviados por el Estado son los que definieron el voto de castigo en las elecciones de 2018, fue el voto del hartazgo.
Lo triste de la realidad es que, pese a todos los programas sociales implementados por el gobierno lopezobradorista, el número de pobres aumenta y el mensaje del presidente sigue siendo el del enfrentamiento entre clases sociales. El presidente basa su narrativa en el resentimiento generado por las carencias y agravios de las pasadas administraciones, que abusaron de los pobres tanto como él, pero investido en su disfraz de vengador, aun no llega el momento en que la clase más golpeada entienda el juego perverso en el que son usados como carne de cañón para mantener el poder.
De acuerdo con el politólogo norteamericano Francis Fukuyama, los políticos populistas capturan los miedos y los usan para llegar al poder diciéndole a la gente que las élites son las responsables de su mala situación. “Hay una definición más relacionada con el estilo político que plantea que los políticos populistas desean ser líderes carismáticos que buscan una conexión directa con las personas y, por lo tanto, ellos no necesitan instituciones, no necesitan cortes de justicia, no necesitan una prensa libre ni un parlamento aparte, porque ellos son los que personifican la voluntad popular. Políticamente, eso es peligroso, porque están utilizando la legitimidad democrática para erosionar el Estado de Derecho y los balances constitucionales que son parte esencial de una democracia liberar”.
El arma amenazante y el escudo protector de Andrés Manuel López Obrador es el pueblo bueno, esa voluntad popular mal usada para retar a las instituciones, para justificar la desaparición de fideicomisos, para dar el sí o el no de obras, sin importar si el Estado pierde dinero con su cierre, como ocurrió con el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y como lo es la construcción del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, que no logra “despegar”, por más himnos que le compongan.
Lo que ese pueblo bueno no entiende es que está siendo usado, maltratado, y poco a poco más empobrecido. Lo importante es reconocer que los pobres del país somos todos y merecemos un mejor futuro. No podemos pensar en ellos como algo aislado al crecimiento de nuestro país, porque forman parte de la maquinaria que nos llevará al desarrollo y merecen igualdad, ese debe ser el reto de la oposición, gris hasta el momento.
Con su gabinete integrado por mucho adulto mayor, el presidente nos ha demostrado que ese sector merece empleos bien remunerados, no dádivas. Los ricos son generadores de los impuestos que mueven este país, las pensiones no las da Andrés Manuel, las dan las contribuciones de quienes pagan mes con mes a hacienda, pero el crecimiento alarmante de pobres sí lo ha generado él.
¿Por qué le conviene que haya más pobres?, porque tendrá más votos cautivos para continuar con su proyecto, un proyecto en el que él mismo ha ninguneado al pueblo que lo llevó al poder, diciendo, que quienes lo apoyan son quienes menos escolaridad tienen. ¿Su estrategia es empobrecer a México?, sí, y los paganos serán los pobres.