Enrique Escobedo
Son muchas las diferencias entre un régimen monárquico y uno presidencial. De entrada, la etimología de la palabra monarquía significa el gobierno de uno. Es cierto que en el estudio de los sistemas políticos hoy encontramos, al menos, tres tipos de monarquía. La primera es la parlamentaria en la cual el monarca no posee ningún poder gubernamental, por lo que es una figura decorativa y un símbolo de unidad nacional. La segunda es la constitucional en la que el monarca ejerce personalmente el poder ejecutivo en conjunto con otras instituciones. Finalmente, la tercera es la absoluta que se refiere a que es el gobierno de un rey o reina que concentran toda la autoridad y en la que no hay contrapesos. En términos generales, las monarquías se singularizan porque el poder es personal, sin intermediarios, se ejerce de por vida o hasta la abdicación y es hereditario.
Por supuesto que de dichos tres tipos de monarquías se desprenden algunas variantes. Una de ellas es la paradójica gestión del presidente López Obrador quien en un régimen presidencial ha instaurado una monarquía presidencial muy a la mexicana. Inicia con su idea maniqueísta de que está con su gobierno o se está en su contra. No dialoga con los partidos políticos de oposición y, en su caso, se lo encarga a su vicaria o secretaria de Gobernación. Se niega a rendir cuentas y encubre esa falta en su mono discurso mañanero. Su gestión carece de transparencia y encubre sus desatinos en el nombre de la seguridad nacional. No tolera la división de poderes, ni la autonomía de algunas instituciones. Sueña con un régimen de un sólo partido de Estado, el suyo. Es incapaz de aceptar críticas a su gobierno y se niega a que otros ejerzan el derecho de réplica. Su ideal es convertir a México en el país de un solo hombre y de ahí su clara obsesión por subordinar los poderes legislativo y judicial, ya sea por imposiciones políticas o por asfixia presupuestal.
Su monarquía presidencial lo ha llevado a imponernos a su heredera y él se convirtió en su coordinador de campaña. De ahí que pareciera como un chiste de mal gusto que la transformación consiste en transitar de un régimen presidencial a una monarquía presidencial en la cual la heredera, al parecer, será o una mala imitación del tabasqueño o un títere manipulable.
La propuesta de campaña del hoy presidente de la República tenía como lema “juntos haremos historia”. Dicho spot publicitario abrió la imaginación y es claro que no lo conceptualizó; de ahí que cualquiera pudo pensar en el multiverso anhelado, pues esa frase es una perogrullada, ya que todo gobierno escribe su historia en la cual encontramos claroscuros (en esta gestión más oscuros que claros). Ahora ya sabemos a que se refería con hacer historia: transitar de una república representativa, democrática, federal y laica a una monarquía unipersonal, sin contrapesos y centralista (los superdelegados federales asfixian y arrinconan presupuestalmente a los gobernadores). Afortunadamente el único rubro que no ha tocado es el del laicismo.
México vive hoy en día una transición peligrosa y retrograda. Nos corresponde a los ciudadanos enmendar el camino el domingo 2 de junio del próximo año. De no hacerlo veremos, mucho me temo, una transformación de régimen de derechos humanos y libertades a un gobierno autoritario y monárquico.











