Enrique Escobedo
El año de 1923 fue, desde mi punto de vista, altamente significativo para México por cuatro acontecimientos: el primero fue el asesinato de Francisco Villa el 20 de julio; el segundo fue la firma del Tratado de Bucareli el 13 de agosto; el tercero la postulación o mejor dicho la imposición de Plutarco Elías Calles a la presidencia de la República el 5 de septiembre y, finalmente el cuarto la Rebelión Delahuertista el 7 de diciembre.
La actual administración ha sido prolija en recodar al Centauro del Norte, Francisco Villa y muy difícilmente podríamos encontrar oposición a los festejos y hazañas revolucionarias de dicho carismático general. Por lo que respecta al Tratado de Bucareli mediante el cual los Estado Unidos de América reconocieron al gobierno de Álvaro Obregón cabe señalar que han pasado a la historia varias leyendas debido a que México nunca ratificó el Tratado y a que desde entonces existe el rumor de que Obregón firmó una cláusula secreta mediante la cual nuestro país se abstendría de desarrollar ciencia y tecnología. De la Rebelión Delahuertista se habla poco y, en efecto, fue prácticamente intrascendente, no obstante que denunciaba trampas en los comicios de algunos estados de la República.
Me detendré, a cien años de distancia, en la postulación de Plutarco Elías Calles. Fue el primer dedazo del siglo XX y queda claro que, salvo algunas excepciones, se fundó la práctica autoritaria de que los presidentes mexicanos impongan a su sucesor o sucesora.
Hace ya un siglo que Elías Calles presentó al entonces presidente Álvaro Obregón su renuncia al cargo de secretario de Gobernación y, mediante el cuidado de las formas políticas aún vigentes, éste aceptó la dimisión del originario de Guaymas, Sonora. Posteriormente, diversas organizaciones sociales, sindicales y partidos políticos, entre ellos el Partido Laborista Mexicano (hoy equivale al oficialista partido Morena) y el Partido Comunista Mexicano (hoy con toda proporción guardada el paralelismo es lejanamente el PT). Por supuesto que en sus primeras declaraciones el recién ungido habló maravillas del presidente Obregón.
El acuerdo entre Obregón y Calles tenía hondas raíces políticas como haber firmado el Plan de Agua Prieta en 1920. El presidente López Obrador y la señora Claudia Sheinbaum también tienen lazos que los unen tales como la gestión y construcción de los segundos pisos del periférico entre 2000 y 2006.
El oficialismo implica, entre otras de sus características negativas, una especie de contubernio a fin de que la sucesión esté garantizada y el nuevo presidente cubra, en lo fundamental, los errores del pasado, solape actos de corrupción y vea a la Administración pública como un sistema de botín. De ahí que le estorba la democracia electoral, la transparencia y la rendición de cuentas. Veo con tristeza que el país ha evolucionado poco en algunos rubros democráticos en cien años, aunque si son claros otros logros como el fortalecimiento de las instituciones electorales y el fortalecimiento de los partidos de oposición.
Que quede claro, no sostengo que estemos igual que en 1923, pero veo que muchos compatriotas, sobre todo morenistas, quisieran regresar a ese año.












