Enrique Escobedo
Mani o Manes fue un líder persa del siglo III de nuestra era y fundador de una religión conocida como maniqueísmo que argumentaba “estás conmigo o estás contra mí”. Dicha doctrina, a todas luces radical, es contraria a la democracia y a los principios democráticos de pluralidad ideológica, tolerancia y respeto a las ideas.
Lo anterior lo traigo a colusión porque varios medios de comunicación publicaron que el presidente Andrés Manuel López Obrador declaró en Minatitlán, Veracruz el pasado sábado 6 de junio que “se acabaron la simulación y las medias tintas y que llegó el momento de definirse en favor o en contra de la transformación del país. O somos conservadores o somos liberales… o se está del lado de la honestidad y de limpiar a México de la corrupción o se apuesta por que se mantengan los privilegios de unos cuantos a costa del empobrecimiento de la mayoría”.
Por supuesto que estamos en contra de la corrupción y de la concentración de la riqueza en unas cuantas manos. Prácticamente el voto de muchos mexicanos fue en contra de la cínica corrupción que imperó en altas esferas de la Administración pública del gobierno pasado. De ahí una explicación del triunfo del candidato de Morena. Sin embargo, ese voto no fue a favor del pensamiento binario y de etiquetar a los mexicanos en dos bandos enfrentados.
Arrinconar a la gente entre dos opciones y radicalizar el discurso de esa manera es una fórmula política altamente peligrosa, sobre todo en la democracia, pues no permite disentir, respetar la pluralidad y convocar al disenso como forma de construcción de nuevas ideas. Pareciera un regreso a la Edad Media en la cual no se permitía otro arte que no fuera el sacro, otra religión que no fuera la católica y otras ideas que no fueran las del Papa.
Es claro que la corrupción es un flagelo que hay que prevenir y combatir. Lo cual no significa que en ese rubro apoye al gobierno. Pero disiento de la conducción económica del país. También me manifiesto en favor de respetar los derechos humanos, pero me niego a aceptar que no hay seriedad y profesionalismo en los medios de comunicación. En otras palabras, estoy a favor de algunos programas del gobierno como la ampliación de la red de carreteras y simultáneamente le critico la mala conducción de la política industrial.
El relativismo no es andar a medias tintas como dice el Presidente, es tener criterio para discernir, argumentar y defender el Derecho a la Diferencia. De ninguna manera voy a plegarme como autómata ante un gobierno o confrontarlo como un fundamentalista.
El maniqueísmo desapareció como religión, pero desafortunadamente sigue vigente en el plano político. Estoy convencido que las posturas radicales no fructifican, pero si dividen y confrontan a los pueblos. Confío en que cuando se publique este artículo, el Presidente haya moderado su postura.














