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Enrique Escobedo

Con la Constitución de 1824 se definió que los presidentes de la República durarían en su encargo por un periodo de cuatro años. Durante la primer mitad del siglo XIX sólo Guadalupe Victoria gobernó ese lapso, pues la nación vivió cuartelazo tras cuartelazo. Posteriormente con la Constitución de 1857 el Poder legislativo continuó con la idea de que los titulares del Ejecutivo gobernaran por ese mismo periodo. Fue Porfirio Díaz quien decidió prolongar el mandato por seis años con el argumento de la importancia del progreso, pero el estallido de la Revolución le impidió lograr su cometido.

Los constituyentes de 1917 regresaron a la idea de la no reelección y redactaron que los presidentes gobernaran por un cuatrienio. Fue entonces Plutarco Elías Calles quien diseñó el Plan Sexenal y lo instrumentó a fin de que Lázaro Cárdenas gobernara por ese periodo y tuviese más tiempo para la ejecución de los planes de la Revolución. Desde entonces México define sexenalmente su historia política. Fue Miguel de la Madrid quien impulsó las reformas necesarias al artículo 25 Constitucional a fin de crear el Sistema Nacional de Planeación Democrática con la intención de poder evaluar lo deseado contra lo logrado y desde el periodo 1982-1988 todos los gobiernos emiten por mandato legal el Plan Nacional de Desarrollo.

Toca ahora el turno a la actual administración someter a debate el contenido del mismo, consecuentemente el Presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, envió al Congreso su propuesta del Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024, el cual contiene una Introducción en la cual asienta una serie de principios acordes con sus lemas de campaña, tales como “Honradez y Honestidad”; “Por el bien de todos, primero los pobres” y “Ética, libertad, confianza”. En otras palabras estamos hablando de la parte conceptual del documento. Posteriormente nos propone tres vertientes de trabajo, a saber: Política y Gobierno, Política Social y Economía. Finalmente remata el documento con un epilogo intitulado “Visión de 2024”. Muchos colegas expertos en los diversos rubros han iniciado de manera pormenorizada el análisis de la propuesta.

Todos los planes, desde entonces, sintetizan y proyectan la idea de un  gobierno decidido y progresista. De ahí que nos exponen un diagnóstico, objetivos y metas y las buenas intenciones de llevar a cabo las aspiraciones de su contenido. Sin embargo, todos los planes se han convertido, a la luz de la evaluación histórica de corto plazo, en un documento referencial de lo que se deseaba, pero que no se logró alcanzar.

El problema no está en la metodología ni en la carga ideológica que imprime cada presidente a su plan de trabajo. El asunto está en que la dinámica vertiginosa de la realidad los obliga a actuar atendiendo lo urgente y postergando lo necesario. En México si sabemos planear, pero no sabemos ejecutar. Así nos lo ha demostrado la historia. De ahí mi escepticismo y de ahí mi poca esperanza de que este Plan vaya a convertirse en realidad. Ojalá me equivoque.

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